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sábado, julio 18, 2026

El desarrollo dejó la capital

Por Rodolfo Dumas Castillo

abogado Rodolfo Dumas Castillo
abogado Rodolfo Dumas Castillo

Durante mucho tiempo creímos que el desarrollo dependía de los países. Que el bienestar, la inversión y el progreso eran el resultado de decisiones centralizadas en los gobiernos nacionales.

Sin embargo, el siglo XXI está demostrando que el verdadero motor del crecimiento se ha desplazado hacia las ciudades; espacios que piensan, planifican y se adaptan más rápido que los Estados. Hoy, el éxito económico ya no se mide por fronteras nacionales, sino por territorios capaces de generar ecosistemas de competitividad.

Son las ciudades que diseñan su propio futuro, no las que esperan que alguien lo haga por ellas, las que están marcando la pauta del desarrollo global. En América Latina, este fenómeno es evidente.

Medellín dejó atrás su pasado violento apostando por el conocimiento, la innovación y la colaboración público-privada. Querétaro y Monterrey superaron el crecimiento promedio de México gracias a una visión local que atrajo inversión extranjera y fortaleció su base industrial. Ninguna de ellas esperó a que su gobierno central resolviera sus problemas.

Lo hicieron solas, con estrategia, liderazgo y continuidad. Honduras podría aprender mucho de esos ejemplos. Nuestro país sigue atrapado en una estructura excesivamente centralizada, donde casi todo (recursos, decisiones y protagonismo) pasa por Tegucigalpa.

Pero la realidad económica del país se mueve en otra dirección. El dinamismo productivo y la conexión con los mercados internacionales ocurren en ciudades como San Pedro Sula, Choloma, Comayagua o Puerto Cortés. Allí están las zonas industriales, las plataformas logísticas, la mayor parte del empleo formal y la infraestructura que conecta con el mundo.

¿Qué pasaría si estas ciudades tuvieran autonomía real para pensar su propio desarrollo? Nuestra economía podría beneficiarse enormemente de un modelo donde las ciudades diseñen sus estrategias de crecimiento basadas en sus fortalezas.

San Pedro Sula podría consolidarse como un polo de nearshoring y manufactura avanzada. Comayagua, con su aeropuerto y ubicación estratégica, podría convertirse en el eje logístico nacional. Tela podría enfocarse en turismo sostenible e innovación marina. Cada territorio con una visión diferenciada, complementaria, y no subordinada a una política central que raras veces comprende su realidad.

La concentración del poder económico y político en la capital no solo limita el desarrollo local, sino que también impide que el país diversifique sus fuentes de crecimiento. En una economía global cada vez más competitiva, donde las decisiones de inversión se toman con base en infraestructura, logística, servicios y estabilidad local, las ciudades deben actuar como verdaderos centros de inteligencia económica.

Eso requiere gobiernos locales con capacidad técnica, planificación de largo plazo y una alianza sólida con el sector privado. Pero también exige un cambio de mentalidad a nivel nacional; entender que la competitividad no se decreta desde un escritorio, sino que se construye desde el territorio.

La evidencia internacional respalda esta visión, pues las urbes que más crecen son aquellas que combinan infraestructura moderna, gobernanza local eficiente y políticas favorables a la inversión. En ellas, el sector privado no es un simple actor económico, sino un socio estratégico del desarrollo.

Las cámaras de comercio, universidades y gobiernos locales trabajan juntos para identificar sectores de oportunidad, atraer talento y formar una base productiva diversificada. Esa colaboración público-privada es el verdadero motor de la competitividad urbana. En Honduras, esta coordinación aún es incipiente.

Las ciudades compiten por recursos en lugar de complementarse, y la planificación urbana sigue subordinada al ciclo político. Sin embargo, existe un potencial enorme si se logra alinear la inversión empresarial con políticas locales de largo plazo, incluyendo parques industriales sostenibles, zonas francas con valor agregado, servicios digitales municipales y modelos de gobernanza que premien la eficiencia y la innovación. Un nuevo pacto urbano podría ser el punto de partida.

Uno que otorgue a las municipalidades mayores competencias administrativas, fomente la cooperación intermunicipal y promueva proyectos regionales de infraestructura y energía. En vez de esperar una reforma estatal total, que suele ser lenta y politizada, Honduras podría comenzar por fortalecer a sus ciudades y convertirlas en laboratorios de desarrollo.

El futuro no está en crear más burocracia, sino en generar ecosistemas que funcionen. Las ciudades que piensan son las que logran atraer talento, innovar, resolver sus problemas y sostener su crecimiento con visión de largo plazo.

En ellas, la economía no depende de los ciclos políticos, sino de la continuidad institucional y la confianza que se construye entre actores locales. Si Honduras quiere crecer de verdad, debe dejar de esperar que el desarrollo llegue desde la capital.

Las ciudades están llamadas a liderar esta transformación, a construir desde la productividad, la logística, la educación y la energía. Cuando las autoridades locales, la empresa privada y la ciudadanía se alineen detrás de un propósito común, el progreso dejará de ser promesa para convertirse en realidad.

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