MUCHO del respaldo que acaba de obtener Milei en las elecciones parlamentarias obedece a una combinación de factores, desde el miedo a un regreso al peronismo (léase Kirchnerismo) hasta el apoyo financiero de su aliado Trump para sofocar temporalmente la crisis cambiaria.
La estrategia oficialista fue la de presentar la elección como un voto entre la libertad y el regreso a la casta “castro chavismo”. Y para que los lectores del colectivo puedan ponderar el peso de las alianzas. “Washington dispuso un paquete de ayuda financiera hasta por $40 mil millones, condicionada al triunfo electoral de Milei.
Ello influyó en un numeroso núcleo de argentinos que percibieron que el voto al oficialismo era uno por la estabilidad económica en contra del caos”. Hubo alguna incipiente mejoría económica que mostrar como por ejemplo, inflación reducida del 25% mensual a cifras ya controlables.
“Una disminución de los niveles de pobreza en 10 puntos, atractivo a los jóvenes que dando al gobierno el beneficio de la duda, apostaron a una futura prosperidad antes que una repetición de lo pasado”. No fue suficiente la sola crítica de la oposición peronista al gobierno, sin presentar una alternativa creíble y atractiva al votante.
Lo anterior, una elección dibujada por un espectro polarizado, no dio espacio ni opciones a sectores moderados, lo que empujó a algunos sectores a sufragar por Milei como el “mal menor.” Interesante que los logros del oficialismo se dieron en el contexto de un “duro ajuste económico y de sacrificio social”.
“El gobierno aplicó un severo recorte del gasto público en áreas como salud, educación y pensiones, lo que generó una fuerte contracción económica”. Hubo una baja considerable en la inflación, dentro de parámetros macroeconómicos, aunque “se dispararon los precios de servicios básicos como la luz, el gas y el transporte, impactando el poder adquisitivo de algunos sectores sociales”.
En otras palabras, el respaldo a Milei en estas elecciones no obedeció a una percepción de problemas resueltos, sino en una rara mezcla de “esperanza en un futuro mejor, temor a una alternativa política asociada al pasado y una intervención externa que calmó temporalmente la crisis”.
Es obvio que el gobierno interpretará estos últimos resultados como cheque en blanco para acelerar sus anunciadas reformas: “Reforma tributaria orientada a la simplificación administrativa y a la reducción de la carga sobre el sector formal y dizque alentar la inversión”.
Reforma laboral que contempla “facilitar los procesos de contratación y despido, limitar la negociación colectiva, y aumentar la creación de empleo”. Desregulación Económica: “Eliminar trabas burocráticas que, según el gobierno, ahogan la iniciativa privada; la simplificación radical de los trámites para abrir y operar negocios; reforma del sistema de compras públicas para hacerlo más transparente y competitivo”.
La segunda fase de las reformas del Estado para reducir su tamaño, que incluye “privatizaciones de empresas públicas y reformas al sistema previsional para garantizar su sostenibilidad fiscal a largo plazo”. Un manojo de distintas reformas al sistema Judicial y de Seguridad.
(Es que cada cual –tercia el Sisimite– interpreta las cosas a su manera, como si se trata de un cheque en blanco. -Solo que –ironiza Winston–aun con mayor poder legislativo meter un paquete de semejante envergadura no será un trago «atucún», y no desprovisto de resistencia social y algunos como la reforma laboral podría enfrentar discrepancia mediante recursos judiciales.
-¿Pero no crees –vuelve el Sisimite– que la antítesis al modelo kirchnerista y al estado intervencionista tradicional pueda dar resultado? -Y en el pesaje –reflexiona Winston– lo que podrá equilibrar para un lado la balanza sería ¿cómo al final se sienta la gente? Si las reformas generan crecimiento económico sostenido e inclusión social. Si la recesión no cede y el empleo no se recupera, el respaldo popular podría sufrir erosión).


