DE las urgencias planteadas en los últimos editoriales, tomemos la que en esencia es base para todo lo demás. Hablábamos ayer de la pésima enseñanza que se imparte y del rezago vergonzoso que se sufre en calidad educativa. Se está enseñando para un mundo que ya no existe y, paradójicamente, cuando se intenta “modernizar”, muchos centros de estudio, incluyendo las universidades, lo hacen mal y tarde: “Digitalizan el cascarón, pero no el pensamiento”.
El resultado es una bandada de graduados “desalineados del mercado y, al mismo tiempo, empobrecidos en lectura profunda, criterio y empatía”. Insistimos sobre lo perentorio de dar vida a ese aletargado Consejo de Educación Superior que reúne a los rectores de las universidades con el fin de hacer una revisión a fondo de los currículos académicos que se ofrecen actualmente y adecuar la oferta a las necesidades reales del mercado laboral”.
Currículos desfasados: El problema de fondo (no solo tecnológico): “La trampa universitaria actual es que se enseñan contenidos, no competencias transferibles”. “Se evalúa memoria, no capacidad de resolver problemas nuevos. Se cree que “meter computadoras” equivale a modernizar, cuando la tecnología sin pensamiento es solo ruido caro”. El mercado de hoy en día lo que pide, tratándose de profesionales, es “capacidad de aprender rápido (no solo saber algo)”. “Pensamiento crítico, lectura compleja, escritura clara. Trabajo interdisciplinario. Uso de tecnología como herramienta, no como sustituto cognitivo”.
Cuando la universidad, por lo general, “sigue formando profesiones rígidas”. (Y los estudiantes van a sacar su cartón, no necesariamente en lo que pueda garantizarles un trabajo seguro y bien remunerado al salir, sino algo para aparentar que no se quedaron iletrados). Mucho de lo que hay en la universidad son “planes pensados para empleos estables que ya no existen”. Y sacan graduados “titulados, pero no empleables”. Un error común consiste en “confundir digitalización con modernización”. “Y de ahí la migración improvisada a plataformas.
(Multiplicaron los PDF y presentaciones. Usan IA o software, solo que no enseñan a pensar con ellos)”. Eso sería una especie de “analfabetismo funcional digital”, en otras palabras, “personas rodeadas de tecnología, pero incapaces de leer textos largos, argumentar con coherencia y hasta entender consecuencias éticas o sociales”. Si gustan tomar como ejemplo el europeo, donde están corrigiendo el exceso digital. “Varios países europeos – que fueron pioneros en la digitalización educativa– están dando marcha atrás, al menos en los primeros ciclos y en la pedagogía central”. Finlandia: “Tras años de tablets y pantallas, reintrodujo libros físicos, escritura a mano y lectura sostenida. (Una evaluación sobre la razón del empeoramiento del sistema educativo, y de los resultados en la aptitud del individuo, dio que el exceso de pantallas debilitó la comprensión lectora y la concentración)”.
Hoy el énfasis vuelve a “la lectura profunda, matemática razonada, menos estímulos, más silencio cognitivo”. En Suecia “reconocieron que la educación 100% digital reduce memoria a largo plazo y afecta el desarrollo del lenguaje. El Estado volvió a financiar libros impresos y formación docente tradicional.
(La tecnología apoya; no sustituye al acto intelectual)”. Francia “limitó el uso de pantallas en primaria, mientras refuerza la filosofía desde secundaria; lectura de textos largos; escritura argumentativa”. (Se considera que la empatía se desarrolla leyendo narrativas complejas, no fragmentos digitales). Alemania: “Sistema dual (educación junto a empresa) sigue siendo central”. “Uso de tecnología contextualizado, no omnipresente. Con fuerte énfasis en oficios calificados, pensamiento lógico y disciplina cognitiva”.
(Y sabés –pregunta el Sisimite– ¿por qué el énfasis digital excesivo daña capacidades claves? -Bueno –responde Winston–basándonos en estudios pedagógicos europeos, varios coinciden en “la lectura profunda ya que las pantallas favorecen lectura fragmentada”. “El cerebro se acostumbra a escanear, saltar, no sostener atención prolongada”. El resultado es “menor comprensión, menor memoria, menor capacidad de análisis complejo”. La capacidad cognitiva: “La escritura a mano activa más áreas cerebrales que teclear; el aprendizaje lento y repetitivo construye pensamiento abstracto; el multitasking digital empobrece la inteligencia, no la potencia”. Empatía: “Leer literatura extensa obliga a ponerse en la mente del otro y entrena la imaginación moral”. Mientras que “el consumo rápido de contenidos reduce la profundidad emocional y aumenta la reactividad, no la comprensión”. La moraleja sería: “No es atraso enseñar a leer bien y pensar lento; atraso es producir graduados rápidos… para el mercado laboral y un mundo que no los necesita”).


