PERO si la ingratitud –como decíamos ayer— goza regateando el crédito a las heroínas que, –contra la tempestad violenta de un poder insolente empeñado en perpetuarse, surcando con velas de ventaja los mares turbulentos de una crisis instigada como estrategia– sostuvieron el timón de la agitada nave de la República; hoy aparece una especie de mezquindad aún más áspera y desoladora, la ceguera al reconocimiento a muchos de los auténticos adalides de esa memorable epopeya. Y asoma, –como haciéndole chula a las gigantescas realizaciones de los valientes– ya con cielos despejados, el oportunismo premiado. Allí donde el sacrificio dejó su huella trascendente, se alzan ahora —como sombras tardías— voces escindidas, cómodamente encumbradas en algunos altos cargos de la distribución, a las que no se les escuchó decir “ni pío”, cuando la democracia gemía bajo asedio. Silencios entonces; a presumir del poder ahora. Ausencias en la hora decisiva; presencia altisonante a la hora del reparto. Como si la historia fuese escenario inconsciente que pudiera tomarse por asalto después de concluida la batalla.
Y mientras tanto, se soslaya —con una ligereza que roza la injusticia— la labor callada y rigurosa de equipos de juristas que, con paciencia de orfebres y brío de centinelas, tejieron argumentos, levantaron defensas, sostuvieron principios. Ellos, que en la penumbra del derecho y la razón blindaron el proceso frente a la arbitrariedad, han quedado relegados al margen de la memoria, como si su aporte hubiese sido accesorio y no sustancial. Caen también en ese inhóspito olvido —casi como si fueran incómodos testigos de una verdad que algunos quisieran licuar— aquellos espíritus autocríticos, esas voces lúcidas que, desde la discreción diplomática –como auténticos cancilleres– o desde la trinchera abierta del debate, hilvanaron con finura la defensa de lo esencial y que lo siguen haciendo. Unos desde la sombra prudente, otros desde la primera línea del combate cívico, y algunos más desde la tribuna de la palabra escrita, con plumas prodigiosas que, sin trastabillar un instante, sin quiebres o vacilaciones, regaron en tierra estéril, confianza esperanzadora. Mientras muchos –en redes y en sus burbujas de odiosidad—faenaban desprestigiando, calumniando, difamando, deleitándose del silencio de los cobardes asustados que trepidaban en espasmos de tremofobia. Todo un pueblo –que acompañó la oportuna orientación de medios de comunicación arropados solo con la verdad– contribuyendo a que el proceso no naufragara, a que la ilusión mayoritaria a una elección que castigase a los malos, no se disolviera en el desencanto. Y, sin embargo, hoy –ni que fueran pordioseros– se les trata como si nada se les debiera. Como si el país no hubiese sido sostenido por su coraje intelectual y su compromiso moral. Ignorada la prensa —esa muralla de papel y tinta que resistió las embestidas oficiales, que alumbró la oscuridad con la luz de la denuncia y el análisis—, reducida ahora, en la mirada ingrata de algunos, a una suerte de presencia prescindible, casi mendicante, como si su defensa del proceso hubiese sido un gesto menor y no un pilar de la resistencia cívica.
Y qué decir de aquellos bastiones silenciosos del engranaje electoral: la secretaria general del CNE, los directores electorales del bipartidismo en el CLE –una mujer y un hombre– los técnicos, sus equipos de trabajo, que en jornadas extenuantes y bajo presiones incesantes, garantizaron que la maquinaria no se detuviera. Han quedado como cruces anónimas en el vasto cementerio de la memoria ingrata, soldados sin nombre de una batalla que, sin su entrega, habría tenido otro desenlace. Permanecen al margen varios sectores valientes, las voces iluminadas que dieron sustento, respaldo y legitimidad al proceso. Aquellos que pusieron el pecho, o que dejaron el pellejo en la desgarradora contienda, y los que, sin buscar reflectores, ofrecieron su palabra, su prestigio, su convicción para apuntalar lo que amenazaba con desmoronarse. ¡Qué paradoja tan elocuente! En la hora del peligro, abundaron los comprometidos; en la hora del reconocimiento, proliferan los oportunistas. Y mientras los verdaderos artífices son relegados al silencio, otros —tardíos y friolentos en la intemperie de la lucha— se revisten de méritos que son ajenos. (Pero –tercia el Sisimite– como ocurre siempre, el tiempo —ese cronista implacable que no se deja seducir por las máscaras— irá despojando a cada quien de lo que no es suyo. -Y entonces –suspira Winston– cuando caigan los disfraces y se disipen las voces prestadas, quedará en pie, serena e incontestable, la verdad: que hubo quienes, sin buscar recompensa, sostuvieron la democracia; y otros que, sin haberla defendido, pretendieron luego disfrutarla como botín.)


