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sábado, julio 18, 2026

Educación para la prosperidad

Por Mirna Isabel Rivera

La prosperidad de una nación se fundamenta en su gente. Está comprobado que la riqueza natural no garantiza el desarrollo de un país, por el contrario, puede convertirse en un factor que atraiga el interés de otras naciones con mayor poder militar para que busquen por la fuerza o manipulando el sistema judicial apropiarse de sus recursos.

Lograr la movilidad ascendente en contextos urbanos o rurales con sistemas educativos precarios coloca a las personas en una situación de mayor vulnerabilidad. Lejos de reducir la brecha de desigualdad, estas condiciones tienden a profundizarla cada día.

Una situación recurrente es la migración del campo a la ciudad. Uno de los primeros desafíos que enfrentan las personas que migran es su precaria educación formal y no formal. Al buscar un empleo se dan cuenta que no poseen las habilidades que se requiere para ser contratados en una maquila o en una obra de construcción, debido a la falta de competencias necesarias que se demandan en esos sectores.

Para comprender mejor el drama humano, veamos las historias de dos misquitos que llegan a la ciudad de San Pedro Sula, Wilson tiene 19 años, tuvo la oportunidad de asistir a la escuela y casi terminar el colegio en Roatán. Habla el español sin acento, aprendió a leer y escribir, a pesar de que su primer idioma es el misquito. Esto le permite comprender mejor las indicaciones del encargado de la obra; además, cuenta con la actitud para trabajar en equipo. Sumado a esto, tiene valores cristianos que aprendió en su casa, no bebe, no fuma y no usa drogas.

Por otra parte, Robert, tuvo menos oportunidades para acceder a la educación en su nativa aldea de Kaukira donde creció sin acceso a una alimentación apropiada, sin electricidad, sin agua potable y asistió a una escuela con una cobertura educativa limitada. Al llegar a la ciudad de San Pedro Sula, se enfrenta a una realidad diferente a su lugar de origen, donde a pesar de todas las carencias, contaba con el respaldo de su familia y de una comunidad que lo reconocía como uno de los suyos y lo llamaban por su nombre. No la tiene fácil en la gran ciudad, carece de las competencias necesarias para trabajar y ha sido atrapado por el consumo de drogas y alcohol.

Tener a más de un millón de niños, niñas y jóvenes fuera del sistema educativo, no es obra del azar, no es algo fortuito, no es castigo divino, es producto de un sistema que planificadamente a abandonado a su población. No prevalece un genuino sentimiento patriótico, mucho menos una cohesión social sólida.

Las personas que administran el presupuesto de la nación tienen una deuda enorme con el país. La falta de transparencia en el manejo del erario publico nos lleva a situaciones de pobreza extrema. Los llamados “padres y madres de la patria” llegan al Congreso de la República con buenas intenciones, pero algunos se desvían del buen camino por banalidades o peor aún, terminan vendiéndose al mejor postor, en detrimento de los intereses nacionales.

Los datos son fríos, pero recodemos que detrás de cada número hay una persona, como Wilson o Robert, que buscan oportunidades para salir adelante. No permitamos que la avaricia, la envidia y el pesimismo sigan hundiendo nuestro bello país, conformado por personas valiosas que solo buscan una vida con más oportunidades (MIR).

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