HABLÁBAMOS ayer de los comunicados inodoros e incoloros de la “preocupada” comunidad internacional. Una muestra reciente la manifestación del SG de la OEA –el órgano hemisférico con mayor interés de velar, en aras del imperio democrático, que los países, siquiera aquellos a donde manda misiones observadoras– exista un ambiente electoral saludable antes y el mero día de las elecciones:
“La contradicción entre el lenguaje diplomático pulido y la realidad política concreta que se intenta evitar nombrar”. Del colectivo querían saber ¿por qué el secretario general de la OEA omite referirse directamente a evidentes signos alarmantes? Quizás sea el funcionamiento gelatinoso de la diplomacia interamericana que, a juicio de algunos de sus críticos, llama a la reflexión sobre si todavía vale la pena seguir manteniendo.
“El lenguaje en los comunicados de “preocupación” utiliza una fórmula deliberadamente abstracta y generalista que funciona como una especie de paraguas protector que le permite decir “ya me pronuncié” sin señalar a nadie, y así evitar confrontar directamente al poder o a los actores instigadores de la distorsión”.
En otras palabras, describe el principio, pero calla el hecho que lo viola, manteniendo un margen de maniobra política para no incomodar a nadie. Decíamos que muchos excusan la ambigüedad a razón que el SG de la OEA no actúa como un actor autónomo del todo.
“Depende de la voluntad política de los Estados miembros, –cuidando su posibilidad de reelección– y cualquier pronunciamiento fuerte puede interpretarse como una intromisión o un alineamiento con sectores internos. La postura más cómoda suele ser reactiva y ambigua, cuidando las apariencias de imparcialidad”.
“Pero otros señalan, que el costo de esa prudencia es alto ya que acaba legitimando con el silencio los comportamientos autoritarios o las interferencias que deberían denunciarse”. Y, paradójicamente, “la misma institución que se dice “garante de la democracia” termina comportándose como espectadora de su deterioro”.
La OEA, al igual que otras organizaciones multilaterales, “tiende a convertir la diplomacia en una estética del equilibrio, donde el tono importa más que el contenido”. “El resultado es un lenguaje esterilizado de contexto, donde no hay nombres, ni fechas, ni hechos, ni responsables”. “Ese “no decir” es intencional: busca preservar la relación institucional, aunque sea a costa de la verdad política”.
Y la vaina es que manifestaciones con las que nadie se siente aludido y escucha como quien oye llover, no tienen capacidad preventiva ni persuasiva. Son una especie de guion de “preocupaciones institucionales” que nunca cambian nada.
(Una paradoja moral –tercia el Sisimite– el órgano hemisférico atrapado en su propia contradicción, proclamando defender la democracia, pero renunciando a ejercer su autoridad moral cuando esta es más necesaria. -O sea –ironiza Winston– que en esencia ¿sería lo que podríamos llamar “la diplomacia de las omisiones”?
¿Una que prefiere hablar de los principios abstractos por temor a nombrar las realidades concretas? Ojalá no sea solo eso ya que cuando la diplomacia teme nombrar las cosas por su nombre, ya no sirve a la democracia: se sirve a sí misma).


