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domingo, julio 19, 2026

“Difi cultades de concentración en adolescentes” Del regaño a la comprensión y la acción (Parte 1)

Por Irazema Ramos
Sicóloga

En el contexto educativo y familiar, los problemas de concentración en adolescentes suelen interpretarse de manera errónea como falta de interés, desobediencia o mala actitud. Expresiones como “no pone atención porque no quiere” o “es descuidado porque es terco” son comunes. Sin embargo, desde la psicología, se comprende que estas dificultades van mucho más allá de una simple conducta voluntaria. La concentración es un proceso complejo que implica la interacción de diversas funciones cognitivas.

Desde una perspectiva psiconeurológica, una de las áreas más relevantes en este proceso es la corteza prefrontal, ubicada en la parte frontal del cerebro. Esta región es responsable de la atención sostenida, la toma de decisiones, el control de impulsos y la regulación del comportamiento. En la adolescencia, esta área aún se encuentra en desarrollo, lo que explica por qué muchos jóvenes presentan dificultades para concentrarse, organizarse o finalizar tareas. Asimismo, otras estructuras cerebrales participan activamente en la atención. La corteza parietal contribuye a dirigir la atención hacia estímulos relevantes, mientras que el sistema reticular activador regula el estado de alerta y la capacidad de mantenerse despierto y atento. A nivel neuroquímico, neurotransmisores como la dopamina y la noradrenalina cumplen un papel fundamental en la motivación, el enfoque y el estado de alerta. Alteraciones en estos sistemas pueden afectar directamente la capacidad de concentración. Como vemos, la baja concentración va más allá de tener o no una buena actitud y comprender este fundamento psiconeurológico permite replantear la forma en que se interpretan los olvidos frecuentes, la dificultad para seguir instrucciones o la tendencia a distraerse, puede que nada de esto sea un acto de desinterés o terquedad.

En muchos casos, el adolescente no es que no quiera concentrarse, sino que presenta limitaciones reales en su capacidad para hacerlo de manera sostenida. Este cambio de perspectiva es fundamental para las familias. Cuando los adultos interpretan estas conductas como fallas de carácter, tienden a responder con presión, castigos o reproches, lo cual puede generar frustración, baja autoestima y rechazo hacia el aprendizaje. Por el contrario, una comprensión adecuada permite brindar apoyo y buscar soluciones efectivas.

En este sentido, la evaluación psicológica o psicopedagógica se convierte en una herramienta clave. Evaluar no implica etiquetar, sino comprender. A través de un proceso evaluativo es posible identificar si existen dificultades atencionales, alteraciones en las funciones ejecutivas o condiciones específicas que estén interfiriendo en el rendimiento académico. Además, permite reconocer las fortalezas del adolescente, lo cual es esencial para diseñar estrategias de intervención adecuadas. Una vez identificadas las necesidades del estudiante, es importante considerar la implementación de adecuaciones en el entorno de aprendizaje. Estas no deben interpretarse como privilegios, sino como ajustes necesarios para garantizar condiciones equitativas. Así como un estudiante con dificultades visuales requiere lentes para ver con claridad, un adolescente con dificultades atencionales necesita apoyos específicos para aprender de manera efectiva.

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