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sábado, julio 18, 2026

Deberíamos aprender del modelo chileno

Por: Héctor A. Martínez

 

El camino al desarrollo de Chile comenzó, irónicamente, con el golpe de Estado de 1973. Y, aunque la literatura, el cine de izquierdas y hasta la IA exhiben el caso como el producto de una imposición forzosa que violentó los derechos humanos, también existe otra realidad que debería servir de ejemplo en países que, como Honduras, continúan atrapados en la pobreza y la corrupción o ensayando modelos estatistas que no funcionan.

La mayoría de los intelectuales, periodistas influyentes y políticos de viejo cuño siguen apostando por una rectificación moral en el Estado, porque aducen que las leyes son buenas; solo es de ponerlas a funcionar y esperar a que un día de estos se produzca el milagro. Puras pamplinas: hay que reformar el marco legal en función de las necesidades de la sociedad, no de élites privilegiadas. Lo que debemos cambiar no es ese modelo neoliberal que utilizan de estandarte los izquierdistas, sino el patrimonialista, ese capitalismo de compadres que beneficia a pequeños grupos y excluye a millones que subsisten con salarios indignos o en la informalidad cada vez más creciente.

Los cambios que se dieron en Chile no fueron el producto de un líder providencial, ni de ningún milagro económico, sino de la voluntad de un grupo de hombres y mujeres que, bajo los ideales de libertad y progreso pusieron a prueba un modelo que casi siempre funciona, como dice Peter Berger: el modelo de libre mercado.

Pero no menos cierto es que se necesita cierta dosis de firmeza en las decisiones reformistas. Si los economistas liberales no hubiesen convencido a la Junta Militar de la importancia de los cambios, Chile no habría pasado de ser una dictadura más de las tantas que se pusieron de moda en América Latina en los años 70. Hoy día, la Historia parece darle la razón al régimen chileno comandado por el general Pinochet: la consistencia en las decisiones políticas es un requisito necesario en el camino hacia el bienestar económico y la democracia.

Además, ningún cambio sustancial en el Estado y la economía puede darse sin la participación de una élite ilustrada. En Chile, varios miembros de familias económicamente poderosas, como los Edwards, dueños de “El Mercurio”, tuvieron un peso considerable en la difusión de ideas y sirviendo de enlace pedagógico entre los economistas liberales y la sociedad. No menos importante fue el papel que jugaron los foros televisados, las revistas y los llamados tanques del pensamiento o Think Tanks.

De manera que si en países como Honduras estamos decididos a cambiar el modelo patrimonialista, debemos saber que el costo exige sacrificios al comienzo, pero los efectos son indudablemente provechosos. Chile llegó a ser a ser la economía más dinámica del continente y, hasta antes de la pandemia, la pobreza había caído del 45 % en 1987 a menos del 10 %.

Pero la lección más reveladora del proyecto liberal chileno tal vez sea la solidez de su democracia, que permite la alternancia entre gobiernos de derechas y de izquierdas sin que ninguno se atreva a trastornar el sistema de libre mercado. Y creo firmemente que a eso deberíamos apostar en Honduras. No existe otra vía.

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