LUIS de Góngora y Argote, maestro del culteranismo, no solo respondía a las críticas, sino que lo hacía con mordacidad barroca, usando la sátira y el verso como armas.
Sus ataques y réplicas más célebres se dieron, entre varias guerras literarias, contra detractores –a propósito de desalumbrados que a falta de luz propia solo ven oscuridad– que lo acusaban de “oscuro”.
Dos líneas suficientes para la estocada: “La oscuridad no es defecto de la luz,/ sino del ojo que la mira.” A otro crítico que lo acusaba de oscuro: “A mis soledades voy,/ de mis soledades vengo;/ porque para andar conmigo,/ me bastan mis pensamientos.”
(Aquí deja entrever que no necesita de lectores incapaces de seguirlo: su mundo interior basta.) O bien estas líneas lapidarias: “No para todos escribo,/ ni a todos busco agradar.” (Góngora no pide disculpas: si el lector no sigue el hilo, no es problema del autor, sino señal de que su poesía no es para todos. Del prólogo de la Soledad primera.)
O estas otras: “No culpes, necio lector,/ la voz que no te penetra;/ que no es culpa de la letra/ si yerra tu entendimiento./ Que el claro conocimiento/ pide linterna discreta.”
(En otras palabras, no es la oscuridad suya, ni del del texto, sino falta de luz propia de los ignorantes).
Luis de Góngora tuvo versos satíricos directos que muestran su desprecio hacia críticos y rivales a los que consideraba demasiado pequeños para merecer atención, y que él retrataba como intelectualmente incapaces de alcanzarlo: “Yo, que tanto me ensalzo y me levanto,/ con solo un vuelo que mi ingenio fragua,/ no puedo descender hasta esa fragua/ donde el vulgo se enciende en pobre llanto.”
(Aquí contrapone su vuelo alto con la mediocridad: la fragua baja donde el vulgo se agita.) Y un buen consejo: “Ándeme yo caliente/ y ríase la gente,/ que en la corte del necio/ siempre gana el ausente.”
(La idea: alejarse del necio es triunfo; no competir en su terreno es un acto de superioridad.) O este último: “Si a mi pluma tu censura/ se atreve, pequeño monte,/ no es culpa que no te afronte/ mi voz, sino tu estatura.
/Pues no baja la altura/ donde el ingenio se posa/ a recoger la cenosa/ palabra que mal pronuncias,/ que aun para ofender denuncias/ pobreza vergonzosa.”
(No es que yo no quiera responder, es que no puedo rebajarme a tu altura.) (¿Qué te parecería –tercia el Sisimite— sacá tu pluma, en décimas, paráfrasis del Góngora de las Soledades, un anuncio de lo que viene?: “Los extremos, pudieron al fin,/ regando odio y rencor,/ sin recato ni pudor/ romper el chilinchín./
Hoy miran al cielo ignoto/ pidiendo arreglo a lo roto/ más quien otras veces celo/ puso en curar la herida,/ no los salva de la caída/ busquen otro consuelo./ Que lo arreglen los que han roto/ los lazos de la concordia;/ quien del odio hizo discordia/ los causantes del alboroto;/ de la mano componedora/ no busquen auxilio ahora/ solo esperen más distancia/ de la siembra destructora./
En el alma bienhechora;/ se acabó la tolerancia.” Winston: “Nadie admite responsabilidad/ es el mecanismo de escape/ cubrirse con lo que tape/ evadiendo la realidad/ echando la culpa a otro/ del desgarre de lo roto./
Quien siempre dio balanza/ rescatando lo perdido/ se hace a un lado en el partido/ encuentren nueva esperanza./ Si a golpes de desconfianza/ reventaron su atavío,/ no pidan calor al frío./ aprendan de la enseñanza/ lo que ocupan es solución/ genuina rectificación./ ¿Sabrán cuál será el fin/ sin la cuerda de la armonía?/Quien la quiebra, es la ironía,/ que remiende ahora el violín.”)


