“ CUANDO yo era niño –mensaje de un buen amigo– le tenía miedo al jinete sin cabeza; hasta que crecí y un día discerní que él no podía pensar como yo”. “A partir de ese momento reía cuando me lo mencionaban para asustarme de noche”.
Del intelectual amigo magistrado: “Los leo, aunque no siempre le envío comentarios. Y si en alguna no tengo oportunidad, por razones ajenas a mi voluntad, me queda siempre una «pequeña espina» como si hubiese faltado a una asignatura pendiente ya que debo reconocerlo, he aprendido mucho de los editoriales”.
“Sé que la polémica constructiva y de altura es positiva y resiento su ausencia en los tiempos que corren; procuro antagonizar con mi fuero interno, un enfoque extensivo de la denominada «otredad» de Octavio Paz o la «conversación con el hombre que siempre va conmigo» de Machado”.
“La tradición oral –mensaje enviado por el amigo académico sobre el que indagaron varios del colectivo– es el tranvía donde viajan los pueblos, llevando consigo los genes de sus antepasados en el rumbo infinito de la eternidad”.
“Vista desde su ángulo más radical, me recuerda al Gen egoísta de Dawkins, empeñado en conquistar la inmortalidad”.
(Desconocíamos –comenta Winston– esa hipótesis del “gen egoísta”, pero como suena interesante, algunas luces de la consulta: Se trata de la idea de la “inmortalidad genética” que revolucionó la forma de entender la evolución biológica:
“La teoría propone que la evolución debe entenderse desde la perspectiva de los “genes”, no de los individuos o especies. Los genes son entidades que buscan perpetuarse a través del tiempo, y los organismos son simplemente “máquinas de supervivencia” creadas para albergarlos y protegerlos”.
(La metáfora del “gen egoísta” no implica que los genes tengan conciencia o intencionalidad, sino que su diseño los lleva a actuar de manera que aseguren su replicación).
“Los genes son “inmortales” en el sentido de que sus copias persisten a través de las generaciones. Mientras que los organismos mueren, los genes sobreviven en forma de réplicas en descendientes o parientes”.
“Los genes –explica el autor– son inmortales o semi-inmortales; guían al individuo no para preservarse a sí mismo, sino para preservarlos a ellos”. “Los genes que confieren ventajas reproductivas a sus portadores tienen más probabilidades de ser transmitidos.
Por ejemplo, genes que promueven el altruismo hacia parientes cercanos (quienes comparten copias genéticas) pueden favorecer la supervivencia del gen”. Dawkins amplía el concepto señalando “que los genes no solo influyen en el cuerpo que habitan, sino también en el ambiente (como ejemplo: madrigueras de animales, comportamientos que manipulan a otros organismos), lo que facilita su propagación”.
“Su tesis ha influido en campos como la sociobiología, la psicología evolutiva y la memética, aunque también ha generado debates filosóficos sobre el determinismo genético y la naturaleza humana”.
(Sobre lo del “gen egoísta” –tercia el Sisimite– el propio autor reconoció que el título del libro pudo haber sido engañoso sugiriendo que mejor le hubiese puesto “el gen inmortal”. Y como al editorial de ayer lo titularon ¿De boca en boca?, lee cómo le pusieron al de hoy. -Ya ven –comenta Winston– cómo todo ello se relaciona con la tradición oral, o sea, las historias que se han transmitido de generación en generación de boca en boca.
-Y como mencionan arriba –vuelve el Sisimite– a Octavio Paz, en otra ocasión vamos a explorar la tradición oral y la cultura de los pueblos latinoamericanos entrelazada con la identidad, desde la perspectiva del autor mexicano. -Y queda pendiente –interrumpe Winston– el mensaje de voz del poeta a raíz del libro que está en el horno, pero que no lleva como título Kairós II, pese a que acá en la casa ¿a cuántos les clavaron Carlos?).


