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sábado, julio 18, 2026

Cuando el riesgo se rediseña

Por Rodolfo Dumas Castillo

abogado Rodolfo Dumas Castillo
abogado Rodolfo Dumas Castillo

En América Latina generalmente discutimos sobre el desarrollo como si se tratara, exclusivamente, de un problema de escasez de dinero. Sin embargo, con frecuencia el obstáculo no es la falta de capital, sino la forma en que se distribuye el riesgo. Guatemala acaba de ofrecer una lección particularmente interesante.

Resulta que la International Finance Corporation (IFC), brazo del Grupo Banco Mundial para el sector privado, estructuró en ese país una operación financiera innovadora destinada a ampliar el crédito para pequeñas y medianas empresas. No se trata de un simple préstamo ni de una línea tradicional de financiamiento. Es, esencialmente, un rediseño del orden en que se absorben las pérdidas.

La IFC comprometió US$100 millones en un instrumento subordinado (capital que absorbe primero el impacto en caso de deterioro) y esa decisión movilizó alrededor de US$750 millones adicionales del mercado privado. La demanda superó ampliamente la oferta. Lo importante no es solo el monto, sino el mecanismo, pues al modificar quién asume el primer riesgo, cambió el apetito del mercado.

El banco protagonista de esta operación fue el Banco Industrial, fundado en 1968 y actualmente uno de los bancos privados más grandes de Centroamérica. Pero el tamaño no es el aspecto más relevante. Lo significativo es que una institución financiera local logró convertirse en puente entre capital global y pequeñas empresas nacionales, un segmento históricamente excluido del financiamiento estructurado internacional.

El contexto explica la urgencia. En Guatemala existen aproximadamente 370 mil pequeñas empresas que generan cerca del 77% del empleo y alrededor del 40% del PIB. Sin embargo, su acceso al crédito es sumamente limitado. Desde la perspectiva bancaria, el problema no es desinterés, sino estructura. Un alto costo de originación, insuficiente información financiera, garantías débiles y un costo de capital elevado cuando se trata de economías emergentes.

Para un inversionista internacional, adquirir deuda bancaria centroamericana implica asumir riesgos soberanos, regulatorios y de ejecución judicial. No es un mercado donde el capital llegue espontáneamente. Aquí radica la verdadera innovación. La IFC no solo aportó recursos, también aportó señal institucional. Su participación como capital de primera pérdida funciona como certificación técnica y reputacional. Reduce la percepción de riesgo, mejora la estructura del instrumento y crea confianza donde antes había reticencia.

Si la estructura se pudiese replicar, abriría una puerta que antes no existía ya que los bancos en economías emergentes podrían acceder a capital global para financiar precisamente a los segmentos que más empleo generan. ¿Qué significa esto para Honduras? En nuestro país, las MIPYMES representan más del 70% del empleo y una porción sustancial del tejido productivo, pero su acceso al crédito sigue siendo limitado y altamente concentrado en plazos cortos.

El financiamiento de largo plazo es escaso y costoso, y el crédito productivo compite con un mercado de consumo mucho más rentable para el sistema financiero. Además, la informalidad empresarial y la debilidad en la ejecución de garantías elevan el costo sistémico del riesgo. Según cifras del sistema financiero nacional, una porción significativa de la cartera crediticia se concentra en consumo y comercio, mientras sectores estratégicos como industria y actividades productivas mantienen participaciones relativamente menores y con plazos más reducidos. Esta estructura responde a perfiles de riesgo, facilidad de colocación y retorno más inmediato. Pero también revela una asimetría estructural en la forma en que financiamos nuestro crecimiento.

¿Tiene Honduras la escala institucional, el marco regulatorio y la supervisión necesarios para estructurar instrumentos subordinados de esta naturaleza? ¿Contamos con suficientes MIPYMES formalizadas capaces de absorber financiamiento de largo plazo?

El desafío es considerable. Sin estados financieros confiables, sin ejecución judicial eficiente y sin estabilidad normativa, ningún diseño financiero es suficiente. El capital global no rehúye al riesgo, sino que a la incertidumbre mal gestionada. Pero esta operación también nos deja la lección de que el desarrollo financiero no depende únicamente de tasas de interés más bajas (también un tema pendiente en Honduras), sino de instituciones más sólidas. La confianza reduce el costo del capital porque reduce la probabilidad de pérdida percibida.

En Centroamérica solemos aspirar a atraer inversión extranjera directa para grandes proyectos de infraestructura o manufactura. Sin embargo, el verdadero motor del empleo está en miles de pequeñas empresas que no aparecen en los titulares. Si no diseñamos mecanismos para integrarlas al sistema financiero formal, seguiremos hablando de crecimiento sin una base productiva amplia.

Entonces, conviene preguntar ¿queremos un sistema financiero cómodo o uno transformador? Si Honduras no aprende a rediseñar su arquitectura de riesgo, seguiremos dependiendo del crédito de corto plazo y del consumo como motor artificial del crecimiento. Y ningún país se industrializa financiando únicamente tarjetas y comercio.

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