Por Héctor A. Martínez

Aunque muchos lo ignoren, los regímenes autoritarios ejercen una influencia deformante en la vida privada de las personas, incluso invadiendo el espacio más libre, que es el del sueño reparador. Desde que un régimen opresor se instala, la gente comienza a experimentar pesadillas y sueños angustiantes, donde el protagonista es, desde luego, el dictador y el soñante.
En el otoño del 2022 obtuve en Berlín el libro “El Tercer Reich de los sueños”, de Charlotte Beradt, una periodista judeo-alemana que, entre 1933 –año del ascenso de Hitler— y 1939, logró registrar, mediante entrevistas secretas, los sueños de decenas de personas que vivían bajo el Tercer Reich.
Beradt encontró que el mismo patrón se repetía en cada entrevistado: la angustia de perder la libertad, la muerte, el exilio y la expropiación de los bienes. Los hallazgos de la autora no dejaron de sorprender, si se toma en cuenta que los pogromos contra los judíos, las confiscaciones de sus propiedades, las movilizaciones masivas y los genocidios en los campos de la muerte aún no se habían implementado en su totalidad.
“El Tercer Reich de los sueños” nos hace suponer que la misma aprensión que se apoderó de los ciudadanos en la Alemania nazi pudieran estar experimentando las gentes en los países donde las dictaduras han asumido el control de las instituciones y la vida de los ciudadanos.
Es bastante probable que si hiciéramos un estudio sobre los contenidos de los sueños de las personas en Rusia, Nicaragua y Venezuela, donde la crítica y el disenso se criminalizan, tendríamos los mismos resultados que encontró Charlotte Beradt en aquellos aciagos días del nazismo.
No debería extrañarnos, entonces, que de cara a las elecciones y en medio de la alta polarización y las amenazas provocadas por el partido de gobierno, los sueños de muchos hondureños pudieran estar manifestando las angustias típicas de quienes viven bajo la amenaza de los regímenes autoritarios.
Esas angustias, que en los sueños aparecen en forma de mosaicos inconexos y fantasías incongruentes, no hacen más que reflejar la realidad sentida por las personas cuando presienten que sus libertades pudieran ser conculcadas.
A medida que el miedo se consolide como estrategia política, la población terminará asumiendo la opresión como algo inevitable y cotidiano. La insensibilidad moral será el triunfo del régimen dictatorial.
Consultemos a un cubano que vive en la isla desde la década de los 60. Hay un trabajo psicológico bien trazado por el poder que pocos pueden distinguir. Los totalitarismos, en cierne o instalados, no solo se ocupan de las calles y las plazas, también de las mentes de los ciudadanos.
Intimidar, amenazar, proscribir reduce las posibilidades de un pensamiento crítico. Y ese es apenas el primer paso. Luego viene la autocensura, las delaciones, la vigilancia ciudadana. El lenguaje del miedo se corona en la despersonalización general.
Para que nunca vuelva –ni en el mundo ni en Honduras– una obra como la de Charlotte Beradt, no permitamos que una dictadura invada nuestras horas de descanso. Votar contra quienes siembran el miedo es el primer paso para convertir las pesadillas en esperanza y los malos sueños en tiempos mejores. Es nuestro derecho y nuestra responsabilidad.
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