Caía el amanecer, como si la noche dejase caer su lluvia de estrellas alumbrosas para encender las crestas apagadas de la cadena montañosa. Winston, subía la arriscada cuesta despavorido, como en desenfrenada carrera con las ráfagas del viento matutino.
Trepó jadeante por la vereda y al nomás acercarse a la hendidura de la cueva pudo olfatear, con un hondo respiro de alivio, el aroma enervante del café recién molido. Tomó su taza acostumbrada para servirse del calcinado porrón el elixir recién colado en una telita de algodón tejido.
Al primer sorbo, apareció el Sisimite: -¡Servite!, hice café. -Ya me serví, –agradeció Winston la invitación–¿tan profundo era el sueño en que estabas que no has abierto bien esos ojitos; no ves que ya ratos vine y estoy tomando?
–¿Y a qué venís tan de mañana, no es a llevarme a votar, si todavía hoy no es domingo? -Es que me desperté aburrido –sonrió Winston– sin nadie con quien platicar en mi casa, porque ayer empezó el tal “silencio electoral”. Y la ciudad está muerta, sin los políticos arengando, ni los ruidosos gritando babosadas, los medios tradicionales sin sus programas escandalosos, en fin, todo es monotonía.
¿Y no eras vos –lo increpó el Sisimite— que te quejabas por esa bullaranga insoportable de los necios regando chorros de desconfianza sobre el proceso electoral? -Como si eso vaya a parar, –le riposta Winston— no ves que los políticos que hacen las leyes, como si con eso va a enderezarse el país o resolver sus problemas, aparte que nadie las cumple, amarraron a los medios de comunicación convencionales, –que calladitos se ven más bonitos– pero dejaron sueltas, en la espesura salvaje, las infernales redes sociales.
Menos mal que vos no tenés ni manejas esos chunches tecnológicos, pero el IPhone de aquel que dijimos, allá en la casa, parecía feria. Y eso que no tiene ni TikTok, ni Instagram, ni Facebook, dizque prefiere leer libros que adicto hipnotizado en disparates.
-Pero algunos son constructivos, objeta el Sisimite. -Si, algunos –debate Winston—pero la ironía es que la mayor proeza comunicacional de finales de siglo pasado e inicios de este milenio, que debió servir a esta generación de boca abiertas, para ilustrarse, aprender, educarse, informarse, culturizarse, para lo que les sirve es para socializar un ruido endemoniado, retobado de conflicto, de odiosidad, de rencores enquistados, haciéndose pedazos unos a otros.
Y como los diputados ignoran el intríngulis de la tecnología, se quedaron fosilizados emitiendo leyes de control para lo viejo, sin noción alguna de cómo amortiguar el daño de lo nuevo. -¡Hombre Winston! Es que los políticos creen que Facebook es un primo de “Face-to-Face”, que TikTok es un reloj chino, y que el algoritmo es una criatura mitológica de las leyendas autóctonas… como yo.
-Entonces el silencio electoral –ironiza Winston– funciona como ese pan hinchado, mucho alveolo y poca miga; puro aire. -Como decir –vuelve el Sisimite –¡Silencio para el gallo de la aldea, pero megáfono al vendedor que anda en el pueblo, inquietando el vecindario, vendiendo chucherías! -Cuidado con eso de “chucherías”– le reclama Winston—en todo caso baratijas.
—Bueno – sonríe el Sisimite –tenemos un silencio que no silencia; dejando suelto al más insidioso de los ruidos, que no se calla. –Sería una especie – ironiza Winston– de democracia tropical. Silencio para la gallina, ruido para las pitoretas tecnológicas y kermese para los necios.
Ni por asomo “el silencio es grito”; “pero es un silencio sonoro”, la rutilante oratoria de Jorge Eliécer Gaitán, evocando poéticamente el lenguaje callado de los pueblos como protesta. Más bien este silencio electoral sería el “silencio ruidoso” por las licenciosas redes sociales.)


