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sábado, julio 18, 2026

Conviviendo con Natura y no al revés

Por Mirna Isabel Rivera

La capacidad del ser humano de acumular riquezas se ha acentuado especialmente en los siglos XX y XXI, más personas han tenido acceso a bienes y recursos que antes estaban reservados a reyes y nobles. Sin embargo, ya desde el Renacimiento comenzó a observarse un auge de prosperidad entre quienes podían aspirar a ella.

La expansión de la clase media a nivel mundial se incrementó en aproximadamente 3 mil millones de personas entre 1950 y 2020, el 80% de la población posee un teléfono móvil. comparado con 1900, menos del 1% tenía un teléfono fijo.

En estas dos primeras décadas del siglo XXI, muchas ciudades se encuentran en un proceso acelerado de desarrollo, sobre todo en la construcción de viviendas y residenciales de alta plusvalía. Pero con ese desarrollo llega también la deforestación, un fenómeno que afecta negativamente a todo el ecosistema.

No solo se perjudica a los seres humanos, sino también a los animales, las plantas y al propio aire que respiramos. La contaminación proviene de las malas prácticas industriales, el exceso de vehículos y la pérdida de áreas verdes.

Se estima que, para 2050, siete de cada diez personas vivirán en zonas urbanas, lo que incrementará la demanda de servicios y la presión sobre el entorno natural. El crecimiento, muchas veces desordenado, no suele considerar la importancia de las especies que cohabitan con nosotros.

Los árboles, explican los científicos, absorben los gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático, almacenando dióxido de carbono durante toda su vida. Talarlos es atentar contra nuestra propia salud y la de las demás especies.

Además, los psicólogos han demostrado que el contacto con la naturaleza mejora la salud mental. Una simple caminata en el vecindario, si las condiciones de seguridad lo permiten, puede tener grandes beneficios.

San Pedro Sula fue conocida como una “Ciudad Jardín”, como la describió el escritor y educador salvadoreño Alberto Masferrer durante su visita en el siglo pasado. Esta ciudad verde, rodeada de montañas y lluvias, depende de sus bosques para mantener su equilibrio ambiental.

Sin embargo, al contaminar y talar indiscriminadamente, estamos destruyendo nuestra propia casa. Los árboles purifican el aire, reducen la temperatura y actúan como barrera contra el polvo. Aun así, algunas personas se quejan de tener que barrer sus hojas, olvidando que son biodegradables y beneficiosas.

Muchas enfermedades respiratorias y cardíacas están asociadas al aire contaminado. Por eso debemos preservar nuestras ciudades verdes. No es lo mismo estar bajo la sombra de un techo que bajo la sombra de un árbol.

La naturaleza —un regalo de Dios— nos brinda gratuitamente su protección, pero depende de nosotros administrarla con sabiduría. En los pueblos y aldeas donde aún se conserva la tradición de cuidar los árboles, las personas conocen sus nombres y sus usos medicinales.

Es motivo de orgullo, no de vergüenza, haber nacido en un pueblo que conserva ese vínculo con la tierra. San Pedro Sula es una ciudad con altas temperaturas, puede alcanzar hasta más de 40 grados Celsius y será más caliente si continuamos talando su entorno.

Las fuentes de agua podrían agotarse rápidamente. Todavía disfrutamos de buena calidad de agua porque los yacimientos aún están protegidos, pero si no cambiamos, las generaciones futuras enfrentarán serios problemas.

Plantar un árbol hoy puede no beneficiarnos directamente, pero sí a quienes vienen después. Las futuras generaciones serán ellos quienes verán florecer ese árbol. Aprendamos a convivir con la naturaleza y a sentirnos parte de ella.

Agradezco a mis padres por enseñarme con el ejemplo la importancia de los árboles y por haber convertido el patio de nuestra casa en un pequeño bosque. Su amor por la naturaleza me inspiró a valorar y cuidar nuestro entorno verde.

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