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Honduras
domingo, julio 19, 2026

Comediante involuntario

Por Rodrigo Amador

Yo ni siquiera había nacido cuando Salvador Nasralla ya era famoso en la televisión. Crecí escuchando su nombre como parte del entretenimiento, no de la política. Era el hombre de los concursos, del fútbol, del carisma frente a cámara.

Por eso, cuando años después lo vi hablando de cambiar al país, confieso que lo miré con curiosidad. No porque fuera político, sino porque era una figura conocida. Y tal vez eso mismo le pasa hoy a miles de hondureños que lo ven más como personaje que como líder.

Pero hay momentos en que el país necesita menos espectáculo y más dirección. Y es justo de eso de lo que quiero hablar. No pretendo convencerlo de votar por nadie en particular. Solo creo que antes de volver a depositar nuestra confianza en un candidato, debemos analizar si realmente tiene la coherencia, la visión y la constancia que un país como Honduras exige.

Salvador Nasralla ha estado en casi todos los espacios posibles: fundador de un partido, aliado de otro, crítico del siguiente. Y en cada giro, ha prometido renovación. Pero la renovación nunca llega, porque cada proyecto se diluye en el camino. Nasralla ha sido candidato presidencial en al menos dos ocasiones, ha fundado y abandonado partidos, se ha aliado, se ha distanciado.

Para cualquiera que dirige un negocio, le pregunto: ¿confiaría usted en un gerente que cambia de estrategia, de socios y de discurso cada tanto, y que cuando la relación se complica, se marcha y pelea desde afuera? No hablo de táctica electoral —todos los partidos negocian—, hablo de la capacidad de sostener proyectos, de construir equipos y de rendir cuentas por los resultados.

Un líder se mide menos por el “en vivo” y más por la obra que deja. El costo de equivocarse en su voto puede ser alto. Como microempresario, una mala decisión de gobierno puede ser el cierre de una ruta de exportación, una subida inesperada de impuestos, una norma que entorpece su atención al cliente.

Usted no vota solo por imágenes o por discursos populares: vota por estabilidad, por coherencia, por resultados. Si Nasralla logra convencerle con argumentos sólidos, con equipo real, con historia de cumplimiento, adelante. Si no, su empresa y su comunidad pueden quedar atrapadas en un ciclo de promesas renovadas que al final se esfuman.

“Cambiar es de sabios”, dirá alguien pero una cosa es cambiar una vez y otra es cambiar cada 2 semanas. Si un gerente renuncia a la mitad, funda otra empresa, luego se asocia con el competidor, rompe, se vuelve a postular y ahora promete desde una tercera sigla, el desafío no es su libertad de moverse; el desafío es su capacidad de cerrar ciclos con impacto verificable.

¿Dónde están los logros sostenidos que respalden el siguiente salto? Hoy Nasralla vuelve a presentarse como el salvador de la política hondureña —otra vez. Cambió de bandera, ajustó su discurso y se vende como la nueva “opción liberal”, como si el país no tuviera memoria.

Lo curioso es que su libreto siempre suena bien hasta que toca ejecutarlo. Promete reordenar el Estado, limpiar la política exterior y enderezar la economía, pero nunca logra explicar cómo. Habla de gobierno como quien narra un partido desde la cabina: con emoción, pero sin control del balón.

Y eso, en un país cansado de la improvisación, debería preocupar. Su trayectoria parece más una comedia de enredos que una carrera política. Fundó un partido en 2013, lo perdió en un pleito interno, se alió con sus antiguos enemigos, juró nunca volver, regresó como vicepresidente, renunció indignado y un año después ya coquetea con otra candidatura.

Es el único político capaz de prometer un cambio sin decidir de qué lado del cambio está. Cada ruptura la justifica como “acto de principios”, pero termina mostrando lo contrario: impulsividad, ego y una peligrosa incapacidad de sostener alianzas.

Su problema no es falta de carisma —eso le sobra—, sino falta de constancia. Todo en él parece diseñado para el aplauso rápido, no para la gestión duradera. Confunde la atención con la credibilidad, la cámara con el poder.

Su vida pública se ha convertido en una secuencia de discursos que no resisten el día siguiente, de posturas que cambian con la hora y de aliados que no le duran ni una temporada. Como ciudadano y como emprendedor, yo busco otra cosa: previsibilidad.

Un país no se administra con ocurrencias ni con directos a cámara; se gobierna con prioridades, con cuadros técnicos, con acuerdos que se cumplen y con rendición de cuentas.

Al final, Salvador Nasralla ha terminado interpretando el mismo papel de siempre, solo que ahora en la política. Cada discurso suyo parece un sketch improvisado, cada alianza un nuevo capítulo de una serie sin guion.

Ha hecho del escenario público un estudio de televisión. No hay malicia, pero sí una desconexión total entre la realidad del país y el espectáculo que él representa.

Y lo triste es que ya no parece darse cuenta: mientras el país espera decisiones firmes, él sigue buscando aplausos porque no quiso ser comediante, pero la historia ya lo escribió así: involuntario, recurrente y sin final feliz.

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