Por Sergio Ramírez

Las constituciones políticas centroamericanas han planteado siempre el ideal de sociedad republicana en términos de retórica altisonante que nunca se han correspondido con la realidad. Hoy en Nicaragua la nueva constitución cierra esa distancia, e impone en sus artículos una dictadura matrimonial bicéfala, sin pudores ni disimulos, unos copresidentes, marido y mujer, que controlan un ente llamado “la presidencia”, del cual dependen “órganos”, no poderes independientes: el órgano judicial, el legislativo, el electoral; y la policía y el ejército. Un Montesquieu en calzoncillos.
O la dictadura cifrada en bitcoins de Bukele en El Salvador, que ofrece la panacea de la seguridad ciudadana a cambio de la impunidad en el atropello de las libertades públicas, el exilio de periodistas, el dominio sin fisura de las instituciones. Ya van cuatro años de suspensión de las garantías constitucionales, que se decreta de manera surrealista cada mes. El 35% de los miles de prisioneros encerrados en la megacárcel del CECOP en Tecoluca, condenados mediante remedos de juicios, no tenían antecedentes penales.
Es el modelo penitenciario que se quiere aplicar en Costa Rica, y que goza de tanto prestigio que tanto el presidente Chávez, como el presidente Kast de Chile, han hecho peregrinajes a la distópica megacárcel.
O la lucha de un gobierno legítimamente electo, como el que preside Bernardo Arévalo en Guatemala, sometido al acoso de una élite corrupta que domina el poder judicial, desde el que se atrinchera para conspirar contra la democracia. Más de cincuenta fiscales y jueces permanecen en el exilio, amenazados con procesos penales orquestados por esas autoridades judiciales descompuestas, que siguen allí por la paradoja de que el gobierno respeta la independencia de poderes.
La vigilancia de las calidades democráticas de los gobiernos centroamericanos, y su récord de respeto a los derechos humanos, debería ser de interés constante para los países europeos, desde luego que las señales de tendencias autoritarias, que colocan a quienes ostentan el poder por encima de las instituciones, se hace cada vez más evidente en Centroamérica.
Aún en medio de las tensiones y conflictos que ocupan la atención política de Europa, el último de ellos la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, Centroamérica no debería ser postergada, o ignorada, como no lo hacen ni Rusia, ni China.
No hay que olvidar que frente al deterioro democrático que sufre Estados Unidos, y el surgimiento de polos de poder autoritarios en el mundo, Europa, como entidad democrática, se convierte en una referencia crucial, y debería potenciar hacia Centroamérica su propio modelo de pluralidad democrática y convivencia.



