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jueves, julio 9, 2026

¿Celia?

Lo encontró tendido, bajo la sombra protectora de aromáticos laureles; la tarde se vestía de oro cansado acariciada por un viento con rumor a hojas secas. Winston se acomodó frente al gigante legendario que mascaba un silencio solitario junto a una piedra húmeda. Alzó los ojos redondos lagrimosos, y comenzó su relato con esa voz menuda entre sollozos que tienen las criaturas cuando el corazón les pesa: —Hace algunos días – suspiró hondo– la nieta, por los ladridos de Victoria, mi compañera, se asomó al balcón que da al porche contiguo a su habitación. La chucha no ladraba de puro capricho: una gata callejera, elegante en su pobreza y sigilosa como sombra de luna, había invadido una casita de madera abandonada –que nosotros nunca ocupamos– y allí, entre paredes y techumbre de tabla para protegerse del sol y la intemperie, había dado a luz a sus crías diminutas.

La nieta, si bien con tierna curiosidad valoró en lo más intenso aquella inquieta maternidad, dispuso que sería mejor mover la casita a otro lado, ya que su alcoba, que también es el cuarto de los chuchitos, casi se había convertido en reverberante campanario de ladridos persistentes, donde nadie podría dormir tranquilo. Al mover la covacha al patio de la planta baja, la gata, sobresaltada y trémula, salió disparada como veloz saeta. Durante horas enteras anduvo la pobre minina sobre el tejado, mirando, oliendo, llamando con maullidos desgarrados a sus hijos perdidos. Celia—nombre con que la bautizó la nieta cuando en cierta ocasión la vio asomarse al ventanal de la puerta de su recámara—no descansó un minuto hasta que al fin descubrió dónde habían dejado la casita. Al abrirse el misterio, dos de los tres gatitos ya no estaban. Celia, previsora y maternal, se los había llevado a escondidas a refugio seguro, donde el mundo no mordiera. Quedaba uno solo. Esperábamos que volvería por él. Mas, amaneció la mañana siguiente y el pequeño yacía inmóvil, frío como hoja olvidada, vencido por la noche cruel. Apenas un leve estremecimiento reveló que aún respiraba. Entonces la casa entera se volvió hospital de remedio milagroso. Mandaron a comprar un biberón diminuto, con chupete de juguete y esperanza sanadora. Y aquel gatito, apenas hilo de vida, prendió su boquita al alimento como quien se aferra a la existencia. Bebió. Se fortaleció. Revivió. Cuando estuvo satisfecho empujó el “pepe” –como dando gracias– con sus delicadas pezuñas delanteras. Lo chinearon envuelto entre sábanas, porque alguien dijo que las madres rechazan a los hijos marcados por olor a mano humana. Lo devolvieron con delicadeza a la casita que, al pasar de las horas, la vieron vacía. Celia había vuelto por Benito. La madre se acomodó bajo unos arbustos de los arriates del patio. Allí se le llevaba comida, agua, cariño a distancia.

Y Celia, que empezó siendo extranjera en las tejas marrón rojizo de barro cocido, terminó volviéndose señora confiada de los vergeles. Se acercaba a la puerta con cautelosa dignidad, se asomaba a las ventanas, pedía alimento con sus ojos amarillos fosforescentes. Luego salía a rondar la vecindad, pero siempre regresaba fielmente a amamantar y custodiar a sus hijos. Ya los gatitos empezaban a explorar el universo, tambaleantes y curiosos. Cuando por casualidad se topaban con los chuchitos que regresaban del paseo, Celia, a calculada distancia, lanzaba un maullido firme, una advertencia maternal que ningún idioma necesita traducir: “Cuidado me tocan a mis hijos”. Winston hizo una pausa. Bajó la cabeza: -Hoy fue un día triste, Sisimite. Benito, travieso o inocente, halló quizá una hendija en el portón del patio y salió al vasto reino peligroso de la calle, quizás buscando a su madre. O tal vez perseguía una mariposa. Tal vez el otro lado del mundo lo llamó demasiado temprano. Al rato nos llegó la noticia amarga: unas cuadras abajo, a la vuelta de una esquina, habían encontrado el cuerpecito inerte, atropellado por un carro. Este es un barrio lleno de escuelas, donde al alba florecen niños con mochilas, padres apurados, motos nerviosas y carros somnolientos. Aquí deberían mandar la prudencia, la lentitud, las señales que ordenan respeto junto a la infancia. Pero no las hay, solo la cautela de los residentes del vecindario que conocen, cuando manejan, que deben hacerlo con cuidado. La imprudencia, –ahora que además de otros edificios no precisamente residenciales, construyeron un mini centro comercial– es el descuido que corre sobre las ruedas temerarias de esos choferes irresponsables que llegan de afuera a la colonia, conduciendo a raudas velocidades como almas que se las lleva el diablo. Celia no lo sabe. Anda de un lado a otro por los patios. Sube al tejado. Baja al jardín. Entra. Sale. Busca bajo las hojas, detrás de las maceteras, junto a la casita vacía. Llama con voz ansiosa a quien no volverá. No sabe que un chafirete indolente, timoneando una máquina desalmada en despavorido desparpajo, apagó la corta vida de Benito. (El Sisimite—amante de la naturaleza y de la Divina creación– cerró los ojos con dolor de árbol caído recién tumbado. Winston con las orejitas gachas, su mirada apagada y su cola entre las patas, se despidió, con gesto de afligida resignación, y cabizbajo, rumbo a su hogar en duelo, bajó la angosta vereda montañosa.)

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