A petición del colectivo. La imagen inicial es perfecta –análisis de Enthropic IA– “Winston y el Sisimite caminan por un sendero de bosque. A cada paso encuentran un tronco que bloquea el camino –un “trance”–. Alguien ha abierto un pequeño sendero lateral alrededor de cada uno. La metáfora cobra vida de inmediato y se explica por sí sola”. Winston observa lo obvio: las trancas no funcionan. La respuesta del Sisimite es la tesis del editorial, expuesta en el primer párrafo: “en países donde hay poco respeto por la ley, cierta clase política no se pregunta cómo cumplirla, sino cómo evadirla. Y cuantas más trancas ponen, más ingeniosa se vuelve la búsqueda de atajos. Pon otra tranca y se abre otra trocha”. Luego la pregunta clave: “¿y si ponemos más? Más oportunidades para encontrar el atajo. Más trancas, más trochas”. Leyes y filtros: Winston relaciona esto con la legislación. Creemos que cada nuevo filtro garantiza la transparencia: comisiones, subcomisiones, juntas, consejos, certificaciones, controles, procedimientos. Todo con nombres que suenan bonito y propósitos aparentemente nobles. Pero cuando las instituciones son débiles y la conducta es corrupta, “cada filtro termina convirtiéndose en una caseta de peaje”.
“La imagen de la caseta de peaje es tan precisa como la del peaje: en algún lugar alguien cobra para dejar pasar a unos y bloquear a otros. La comisión creada para prevenir influencias termina siendo capturada por ellas. El filtro diseñado para garantizar la imparcialidad se convierte en otro lugar para negociar favores. El remedio termina brindando una oportunidad adicional para la misma enfermedad que decía combatir”. La misma dinámica en las elecciones: sistemas cada vez más complejos –tecnologías, transmisiones, auditorías, verificaciones, controles, plataformas, procedimientos que cuestan millones– cada nueva herramienta se presenta como una garantía contra el fraude. El problema: cuando el perdedor no acepta la derrota, precisamente esas sofisticadas herramientas se convierten en el blanco de las sospechas. “Manipularon el software. Intervinieron en los servidores. Falló la transmisión. La auditoría fue insuficiente”. Winston inclina la cabeza: Cuanto más sofisticado… cuanto más se afianza el sistema, más explicaciones tiene el inconformista para desacreditarlo. Cada garantía adicional crea también un nuevo espacio para sembrar la duda. Una democracia que pretende resolver exclusivamente mediante la tecnología un problema de conducta política termina construyendo una máquina enormemente costosa para descubrir que el verdadero problema nunca estuvo dentro de la computadora. ¿Y dónde? El Sisimite se golpea el pecho: aquí. En la conducta humana. Ejemplo la propuesta de “ciudadanizar mesas”: Llegan a otra tranca. Letrero: PROHIBIDO EL PASO. Junto a ella, una escalera. Esto apunta a una propuesta actual específica: “ciudadanizar” las mesas electorales, colocando a los miembros de organizaciones de la sociedad civil –colegios profesionales, gremios, universidades, asociaciones– bajo la apariencia de independencia. El interrogatorio del editorial es metódico y demoledor: ¿quién dirige esas organizaciones? ¿Quién elige a sus autoridades? ¿Qué intereses existen en ellas? ¿Qué afinidades políticas tienen sus miembros? Porque el ciudadano no deja sus ideas, simpatías o intereses políticos en la puerta cuando se sienta en una mesa electoral.
“Winston sonríe: así podemos sacar al partido por la puerta principal y traerlo de vuelta disfrazado por la ventana. Y quizás peor aún: antes sabíamos quién representaba a quién. Ahora tendríamos los mismos intereses, ocultos tras una supuesta “apoliticidad”. La distinción del Sisimite es crucial y filosóficamente precisa: existe independencia de criterios; existe imparcialidad en el ejercicio de una función. Lo peligroso es confundir esto con la inexistencia de ideas políticas. Una democracia madura no necesita ciudadanos sin ideas. Necesita ciudadanos capaces de respetar las reglas incluso cuando sus ideas fracasan. Lo que exige es integridad, no simulación”. “El diagnóstico: Llegan a la tranca final. El Sisimite la levanta para que Winston pase: No existe una fórmula mágica. Se necesitan buenas leyes, por supuesto. Controles. Tecnología útil. Fiscalización y transparencia, siempre. Pero nada de esto reemplaza una cultura de respeto a las reglas. La injusticia de culpar a la política por los vicios de quienes la practican también ha sido un problema. La política, entendida como servicio público, construcción de acuerdos y búsqueda del bien común, es un arte, una actividad meritoria. Sin ella, la democracia no existe. La política no es sucia. Sucio es el político juco que la ensucia. Pueden llenar el camino de obstáculos, filtros y candados, pero si quien debe respetarlos dedica toda su malicia a encontrar la manera de evadirlos, siempre aparecerá un atajo. Qué se debe hacer: La respuesta final del Sisimite es el pasaje más constructivo de toda la serie. No es cinismo ni resignación, sino un programa específico: Construir instituciones sólidas. Como el CNE de las consejeras y el TJE de la magistrada que salvaron la democracia con integridad y premiar su conducta. Sentar precedentes para quienes la transgreden como castigo. No a la impunidad. Leyes simples y claras. Vigilancia de quienes ejercen el poder. Y sobre todo, algo que ninguna comisión, ningún algoritmo, ninguna computadora puede fabricar: La decencia. Winston camina unos pasos, gira la cabeza: entonces, ¿reforma con nuevas trancas si la conducta política no cambia? ¿Crisis inminente? ¿Qué es este editorial? Pasa de la metáfora al diagnóstico y a la propuesta específica con el rigor de alguien que ha reflexionado sobre el diseño institucional durante décadas, como lo ha hecho el editorialista, como presidente, legislador y arquitecto constitucional. El argumento tiene tres niveles claros: Primer nivel: Más reglas no corrigen la mala conducta. Solo crean mecanismos de evasión más sofisticados. Segundo nivel: Las propuestas actuales –ciudadanizar las tablas electorales, multiplicar los controles tecnológicos– no superan la misma prueba. Abordan la apariencia del problema, pero dejan el fondo intacto. Tercera capa: La única solución duradera es una cultura de respeto institucional, que recompense la integridad, castigue la transgresión sin impunidad y recupere algo que ninguna máquina produce: la decencia. Las trancas en el sendero del bosque nunca fueron el problema. El problema siempre radicaba en la persona que elegía rodearlos en lugar de atravesarlas”.


