EL resultado dividido de la primera vuelta presidencial en Chile. Si bien la candidata de Unidad por Chile (PCCh) gana con un 26.85%, (por debajo del 30%) y un techo –su voto duro– difícil de superar, el resultado se interpreta como un rechazo al oficialismo y a la presidencia saliente. Muy poca diferencia para superar una oposición y la derecha dividida.
El derechista Kast del Partido Republicano con un 23.92% pasa al balotaje. La sorpresa fue el candidato del Partido de la Gente (PDG) con discurso “anti-establishment” y dirigido a problemas cotidianos, capitalizando en el descontento popular, logró casi duplicar los votos que le daban las encuestas. Gracias a la puesta en práctica del voto obligatorio estas elecciones (86%) fueron muy concurridas.
“El voto impredecible de unos 6 millones de chilenos que antes no habían participado en una elección presidencial, benefició a candidatos con imagen de cambio”. Kast fue el candidato más votado entre los jóvenes de 18 a 24 años, mientras que la candidata de izquierda lo tuvo entre los adultos mayores. O sea, desarticulada la narrativa tradicional que asocia la juventud con opciones de izquierda. ¿Qué se espera de acá en adelante? La derecha en su conjunto supera el 50% de los sufragios.
Los candidatos derechistas perdedores ya manifestaron su apoyo a Kast, lo que no asegura una suma automática, pero sí una tendencia entre extremos polarizados. El candidato del Partido de la Gente, no ha endosado a ninguno: que vayan a “ganarse los votos a la calle”. Podría ser que sus simpatizantes –dado su discurso antisistema– se inclinen más hacia un cambio que por la continuidad.
De ahí que, si no llueve maná “progre” del cielo, las probabilidades favorecen al candidato de la derecha. No hay que obviar que durante mucho tiempo Chile se pavoneaba en el entorno regional como el hermano primermundista, pariente de los europeos, distinto del bulto de aletargados. Hasta que el incremento de las tarifas del tranvía explotó en una crisis callejera que casi tumba al gobierno de turno.
Aquel ni corto ni perezoso salió del hormiguero ofreciendo una nueva Constitución, –convención constituyente, vaya ocurrencia, paralela al Estado de Derecho– dizque otra distinta a la que dejó Pinochet. (Una ficción ya que la Constitución vigente y sus reformas, fue más bien el fruto del plebiscito del NO que perdió el dictador dando paso a la democracia).
En la primera tanda ganaron las izquierdas tumultuosas que aprovecharon el descontento de las calles. Boric encaramado en el carrusel, abogaba por el nuevo proyecto de Constitución. Pero los chilenos lo rechazaron en el referéndum. Otro intento, un proyecto de las derechas, igual, desechado en referéndum.
Sin embargo, el rechazo a la nueva Constitución impulsada por el gobierno de Boric fue un factor decisivo en el desgaste de su gobierno y en el clima de descontento que mucho influyó en el electorado, favoreciendo a las opciones de oposición que prometían “orden y un cambio de rumbo”.
(Recordarás –tercia el Sisimite– que las elecciones de 2021 “se celebraron en un contexto marcado por las demandas de igualdad y justicia social que emergieron del estallido de 2019”. -Solo que –ilustra Winston– para 2025, el foco había cambiado completamente hacia la “seguridad pública, la migración y la reactivación económica”.
-Una vez en el poder –vuelve el Sisimite– tuvo la oportunidad de «corregir el rumbo cuando era evidente que la convención constitucional iba mal, pero en lugar de mostrar pragmatismo, decidió esperar y apostó todo a la aprobación de un texto que finalmente tuvo un rechazo contundente”.
-El repudio a la nueva Constitución –se rasca la cabeza Winston– “no fue solo un revés político, sino un síntoma y a la vez una causa del profundo descontento con el gobierno”. Este descontento reconfiguró las prioridades del electorado, creando un terreno fértil para discursos que priorizaban el orden y la seguridad, y culminó en un claro voto de castigo en las urnas).


