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jueves, julio 9, 2026

¿“Audacter calumniare, semper aliquid haeret”?

EL inicio de un año nuevo debe ser motivo de catarsis colectiva. ¿Qué le parecería al colectivo comenzar por la revisión de esas conductas nocivas de sistematización de la mentira que hubo a lo largo de la campaña electoral y todavía en la etapa postelectoral? Hay numerosos ejemplos de mentiras repetidas que crearon una percepción equivocada de la realidad entre la opinión pública.

No es un fenómeno nuevo: ya los romanos advertían “calumniare audacter, semper aliquid haeret” (“calumnia con audacia: algo siempre queda” o “calumnia con descaro que algo siempre se pega”). El caso más emblemático es el del ministro de Propaganda del Tercer Reich Joseph Goebbels, el mitómano que “sistematizó la idea de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.

Fue tan persistente como alevosa la propaganda antisemita que normalizó el odio y justificó atrocidades inimaginables. El Führer de la Alemania nazi “construyó su poder sobre falsedades reiteradas: el “enemigo interno”, la “traición” de judíos y comunistas, la superioridad racial”. La repetición constante creó una realidad paralela aceptada por millones. Iósif Stalin –para citar otro nefasto personaje de la época– reescribió la historia soviética: “borró rivales de fotos, inventó conspiraciones, forzó confesiones públicas”. “La mentira se volvió política de Estado”.

Famosas fueron las audiencias públicas del senador Joseph McCarthy en los Estados Unidos sobre la supuesta amenaza de infiltrados comunistas. “Repitió acusaciones sin pruebas sobre infiltraciones comunistas”. “El miedo amplificó la mentira hasta convertirla en histeria colectiva”. Pol Pot en Camboya impuso la ficción de que “el campesinado “puro” debía destruir toda huella de intelectualismo”. “La mentira ideológica legitimó un genocidio”. Pero una vez que emerge la verdad, la mentira se derrumba.

En los juicios de Núremberg (1945-46) “las pruebas documentales y los testimonios revelaron la maquinaria criminal del nazismo”. La propaganda colapsó ante la evidencia. El discurso secreto de Nikita Jrushchov (1956) fue “un reconocimiento de los crímenes de Stalin ante el Partido Comunista soviético”.

La “infalibilidad” del líder se resquebrajó desde dentro. La caída de McCarthy (1954): “Las audiencias televisadas y el periodismo crítico mostraron la ausencia de pruebas”. “El periodista Edward R. Murrow, en su programa “See It Now” –como Drew Pearson y el abogado Joseph Welch en las audiencias del Ejército– expuso las tácticas anticomunistas de McCarthy, calificándolas de alarmantes y perjudiciales que provocaron un gran debate público hasta desenmascarar las exageraciones del senador”.

La opinión pública viró. En Camboya, “las exhumaciones, archivos y testimonios de sobrevivientes expusieron la magnitud del genocidio”. “La verdad volvió con los huesos”. ¿Cuál es la lección histórica?: La mentira prospera cuando hay miedo, censura, tribalismo o apatía. La repetición sustituye al razonamiento si no hay contrapesos. La verdad suele tardar, pero cuando emerge lo hace con documentos, testigos y coherencia, o bien los relatos de personas honorables como testimonio veraz de la realidad.

(Es cosa de tener paciencia que, más temprano que tarde, ante la versión creíble de gente digna, el castillo de arena de sistemáticas mentiras se desmorona). (Hay que reconocer –tercia el Sisimite– que cuando hay un periodismo libre e inquisitivo, de periodistas que no solo se limiten a divulgar lo que les cuenta el mentiroso, sino investigarlo, refutarlo para trasladar a la opinión pública información veraz, es el antídoto más eficaz.

-Como escribió George Orwell –ilustra Winston– “en tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”. Pero la historia confirma que la falsedad puede dominar un tiempo, pero no puede reescribir indefinidamente la realidad: los hechos, tarde o temprano, reclaman su lugar).

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