Por Héctor A. Martínez

“Otium utiliter consumere”, dijo para sí aquel insigne maestro de Botánica, tras colocar sobre el vidrio un papel con las notas finales. Se acercaban las vacaciones y la emoción de regresar a casa a haraganear y disfrutar de una buena comilona era tal, que ninguno de mis condiscípulos se detuvo a prestarle atención a la máxima latinizada.
Y es que nadie quería saber nada de aquella lengua muerta desde hacía siglos, porque resulta que, antes de entrar a las clases especializadas, uno tenía que recibir un curso express de latín. –¡Para entender a Linneo, tienen que aprender un poco de latín!– nos decía el dómine con voz amenazante.
Casi nadie sabe que Carl von Linné inventó el sistema binario de género y especie que se usa en el mundo científico para clasificar a los seres vivos, utilizando el latín como lenguaje universal. Una verdadera pesadilla para los estudiantes de ciencias biológicas. Más por curiosidad que por otra cosa, giré sobre mis talones y le pregunté al Dr. Nelson, uno de los grandes botánicos del mundo, qué era lo que había dicho exactamente.
Me miró sobre sus lentes y garabateó en mi desgastado cuaderno las palabras proferidas y me dijo: “¡Aprovechá el ocio, Héctor Martínez, y lee un buen libro!”. Acto seguido cerró la puerta mientras se metía de lleno a su laboratorio. No dijo nada extraño para mí. Desde niño me había acostumbrado a aprovechar el ocio de las vacaciones, jugando al fútbol, recorriendo las fincas bananeras, creyéndome Tom Sawyer o nadando en la alberca de “La Lima Golf Club”.
Pero nunca dejé de lado la lectura. Siempre había espacio para un libro, por elemental que fuese. De hecho, mis primeras letras provinieron de los cómics de Disney con los que aprendí a leer antes de entrar a la escuela, teniendo a mi madre como tutora.
Para no defraudar al maestro, pasé por la librería universitaria y adquirí por menos de un dólar “Los cazadores de microbios” de Paul de Kruif, que aún conservo en mi biblioteca como un viejo amigo que apenas veo cada 5 años.
Imaginación desbordada: los discípulos de Pasteur en sus ratos de ocio, fumando una pipa, tomando una cerveza con una chica y el sueño de descubrir universos. Imitando a aquellos buenos franceses, también fui por lo mío. Eso fue hace 45 años.
Esas inspiraciones, como las de Kruif, no funcionan mucho en el mundo de hoy, plagado de superficialidad. No es que leemos menos, sino más liviano. Interpretar “La guerra y la paz”, por ejemplo, implica definir los marcos históricos de la Europa decimonónica, las clases sociales de la vieja Rusia, los efectos imperiales de la paz westfaliana, etcétera.
Por su lado, los videojuegos, chats, memes, posts y tiktoks no son tan exigentes. Si bien es cierto que el cerebro de los jóvenes está diseñado para atender pantallas divididas, los estímulos que reciben son insustanciales, más emotivos que racionales.
¿Parte de la evolución humana? “¡Aprovechen el tiempo; lean más!”, suelo decirles a los más jóvenes, cada vez que puedo. Y lo hacen, solo que en un dispositivo digital.
Para ellos, el ocio de ellos es recurrente e inmediato, comunitario, incorpóreo, aunque vivo. Mientras acabo un libro en la tablet y me olvido del móvil, me viene a la memoria aquella frase latinizada de mi viejo maestro, que nadie, excepto yo, alcanzó a escuchar. Y que siempre hice mía.



