UN último de un hondureño, el ilustrado poeta Daniel Laínez: “Agora y’es tarde”: “Eran bien fundados todos mis temores;/ que vayan al diantre todos los dotores/ con sus porquerías, que agora y’es tarde./ Agora y’es tarde,/ querida hermanita,/ ya duerme pa’ siempre/ nuestra magrecita…/ Llamala a ña Juana,/ decile que traiga/ las flores más lindas/ que tenga en la huerta;/ que traiga jazmines,/ que traiga violetas,/ que traiga claveles/ pa’ la magrecita…/ Pongámole aquellas/ enaguas de lana/ qu’el día e’ su santo/ le trujo ña Juana;/ y el escapulario,/ y aquel collarcito/ de negros pacones/ con que ella mesmita/ rezaba el rosario/ a toditos los santos/ de sus devociones…/ Y si viene el cura,/ decile que venga/ con agua bendita/ pa’ echarle en la frente;/ y si acaso el hombre/ se tarda y no viene,/ no importa, hermanita,/ Dios está presente…/ Yo voy ora mesmo/ a abrir la sipultura./ Y si acaso se asoman/ po’aquí los dotores,/ deciles llorando/ que agora y’es tarde,/ ¡que vayan al diantre/ con sus medecinas!/ Deciles que es tarde,/ querida hermanita…/ ¡Que duerme pa’ siempre/ nuestra magrecita!”.
“El poema una joya del registro popular hondureño de principios del siglo XX. Su lenguaje está deliberadamente escrito en dialecto rural, pueblerino, con giros fonéticos que reflejan la oralidad campesina. La exclamación con que abre, cargada de enojo y desengaño, sobre sus presentimientos. Una rebelión montuna del hombre sencillo contra la ciencia –la medicina– y el poder que llega tarde y si llega es ineficaz. “Que vayan al diantre” es una forma popular y antigua de decir, con enojo o desprecio “¡que se vayan al demonio!”, “¡al infierno!”, o en tono más suave, “¡que se larguen!”, “¡al carajo!”. (“Diantre” es una deformación eufemística de “diablo”. En los siglos pasados, por respeto o miedo religioso, se evitaba pronunciar “diablo” o “demonio”, y se usaban sustitutos como diantre, demonches, demonio sea, recontra”.)
El “agora y’es tarde”, un lamento que encierra una metáfora del destino irreversible, una aceptación amarga de que la vida humana está sujeta a límites que ni la razón ni el progreso pueden vencer. El reproche adquiere un tono íntimo y familiar cuando se dirige a la hermana, con diminutivos afectuosos de ternura y dolor. El “Duerme pa’ siempre” sustituye a “ha muerto”, con el eufemismo que denota el respeto rural ante la muerte: no se pronuncia el hecho brutal, sino suavizada con una imagen maternal del descanso eterno. El “pa’ siempre” enfatiza la conciencia de la pérdida definitiva, pero sin desesperanza. El duelo se transforma en acción ritual: hay que honrar a la difunta con flores. El llamado a “ña Juana” (Doña Juana), probablemente la comadre, representa la solidaridad comunitaria, el modo en que el pueblo se une en los momentos de pérdida”.
(Es el sentido de vecindad, de acudir al vecino en momentos de crisis en procura de auxilio, que se ha perdido en esta época de relaciones frías, impersonales, apresuradas, por esa adicción hipnótica a los chunches digitales).
“Los jazmines y las violetas simbolizan pureza e inocencia, mientras que los claveles, amor y devoción. La huerta –símbolo de vida y fertilidad– se convierte en fuente del homenaje póstumo, como si la naturaleza entera ofreciera su consuelo.
La descripción de cómo vestirla en su viaje a lo ignoto, tiene un valor etnográfico inmenso. Mandar a la madre al cielo con sus ropas más queridas y sus objetos de fe muestra una religiosidad doméstica y profunda. Las “enaguas de lana” representan el abrigo y el cuidado materno; el “escapulario” y el “collarcito de pacones” (semillas negras usadas como cuentas) simbolizan la fe popular, testimonio de una devoción que no depende del lujo ni del dogma, sino del corazón.
Una revelación del sincretismo religioso de la cultura rural hondureña: la mezcla entre la fe católica y los elementos naturales de la tierra. El poeta contrapone el ritual institucional de la Iglesia (“el cura con agua bendita”) a la fe inmediata del pueblo. Si el sacerdote no llega, “no importa”: la presencia de Dios es directa, sin intermediarios, fruto de una teología sencilla pero profunda: la fe no depende del rito, sino del amor.
La frase final es de una hondura espiritual conmovedora –“Dios está presente”–, dicha sin resentimiento, como si la divinidad se manifestara en la misma resignación. El hijo asume el acto último –abrir la sepultura– con renuncia valiente, consciente de su deber filial. Una mezcla del dolor con la dignidad: el pobre cava la tumba de su madre con sus propias manos, sin ayuda, sin ciencia, sin cura, solo con fe y amor.
El rechazo a los médicos se repite, ahora ya no como rabia sino como veredicto del alma: la ciencia llegó tarde porque el amor llegó primero. “Agora y’es tarde” adquiere su máxima resonancia: ya nada puede hacerse, más que despedirla dignamente. El dolor se vuelve aceptación, el llanto se transforma en canto de amor.
La madre descansa; el hijo deja de resistirse. El tiempo (“ya es tarde”) se convierte en símbolo fatal del ciclo cumplido, del paso inevitable de la vida hacia el descanso eterno”. (Daniel Laínez –tercia el Sisimite– logra lo que solo los poetas auténticos alcanzan al convertir la oralidad popular en literatura.
Sus giros dialectales, en su aparente rusticidad, late una poesía de alta temperatura humana, que recuerda a los monólogos trágicos del teatro clásico o a las “coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique, pero trasladadas al solar hondureño. -En mi casa – suspira Winston– hay un cuadro de Teresita Fortín, una pintura primitivista retratando el alma del poema).


