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jueves, junio 4, 2026

¿Al descubierto?

HAY derrotas que ennoblecen y derrotas que delatan. En la política –como en la vida– perder no es una anomalía, es una posibilidad inherente al juego democrático. (“El éxito no es final –en palabras de Winston Churchill– el fracaso no es fatal: es el coraje para continuar lo que cuenta”). “Lo verdaderamente revelador es la manera en que se asume el revés. Porque la derrota no destruye el carácter; lo exhibe”. Cuando un político pierde y, en lugar de hacer un examen de conciencia, –influenciado por la frivolidad del espectáculo– construye una narrativa de conspiraciones, traiciones y culpas ajenas, sobre una baraja de naipes, de mentiras repetidas, estamos frente a un trastorno más en el ámbito del análisis psicológico, que a una reacción emocional. Se trata de un mecanismo de defensa de un ego inflado, de alucinaciones delirantes, sin nada mínimamente relevante en la vida que mostrar. “La mitomanía no consiste únicamente en mentir sino en acabar creyendo lo inventado para no enfrentar la herida que produce el fracaso”.

El político que alucina su propia épica, que reescribe los hechos, que acusa a quienes lo apoyaron y ofende a quienes le ayudaron, revela una patología más profunda. Nunca entendió que el liderazgo es servicio, es entrega a una noble causa en la que se cree, que se conoce –no que se usa como banderín para el acarreo de votos– es manejo del arte de la política que construye, dedicada al bien del país y de su pueblo, no auto celebración. Tan grave como ello es la ingratitud. “Cuando alguien es acogido como invitado a un partido, sin reunir requisitos de militancia como los tienen muchísimos que han estado allí desde el principio, después de peregrinar por varias banderas, cuando recibió respaldo, espacio, legitimidad y confianza, y luego – ante la derrota– convierte a sus anfitriones en chivos expiatorios de su repetido fracaso personal, el problema deja de ser político y se vuelve moral”. “La ingratitud es una forma de amnesia selectiva”. “Borra la mano que abrió la puerta y magnifica el propio reflejo en el espejo”. “Y aunque la mentira reiterada busque fabricar una realidad paralela, aunque se proclame con insisten cia para ocultar los propios yerros, tarde o temprano se confronta con los hechos”. Y cuando la verdad brota –porque tarde o temprano siempre aflora– la ficción se desploma como castillo de arena ante la marea. “Entonces la imagen momentánea que alguna vez se proyectó se desmorona, y queda expuesto lo que siempre estuvo allí: no liderazgo, sino simulación; no carácter, sino el disfraz”. “Quien utiliza una institución como trampolín personal y luego la acusa de sus propios errores demuestra que nunca la habitó con convicción, sino con cálculo”. “No pertenecía: transitaba. No construía: utilizaba. No servía: ambicionaba”. “La derrota tiene esa virtud implacable: desnuda lo que la falta de templanza mantenía oculto”.

“Mientras el éxito acompaña, el ego se disfraza de virtud; cuando el aplauso cesa, el carácter queda al descubierto”. “Aceptar el veredicto, agradecer el apoyo recibido –haya o no haya sido suficiente frente al misil de afuera que desnuda lo que permanecía oculto– y retirarse con dignidad es una forma superior de victoria”. “Lo contrario es simplemente vergonzoso ruido”. (George Washington –ofrece como ejemplo el Sisimite– pudo, en el pico de popularidad, perpetuarse en el poder. Eligió retirarse. El “yo” nunca se impuso ante la magnanimidad moral de lo que era correcto, sentando precedente al gobierno democrático. El límite institucional no lo humilló; lo engrandeció. -El otro Winston –ilustra Winston– símbolo del triunfo aliado en la segunda guerra mundial, perdió elecciones en 1945. No insultó a nadie. Aceptó el veredicto democrático. -La derrota –reflexiona el Sisimite– puede revelar grandeza… o desnudar la pequeñez. ¿Y por qué, en vez de seguir embaucando con espejismos, –con esa millonada de votos inventados que se adjudica– no muestran las actas físicas, copias firmadas, que recogieron los representantes del partido de las mesas en las juntas receptoras de votos el día de las elecciones? -Quien no sabe perder –ironiza Winston– ¿tendrá la fibra ética que el país ocupa si se gana? -¿Y no te parece Sisimite, que quien no agradece, nunca perteneció? El respiro de hoy de la inmensa mayoría: “De lo peor que nos salvamos”).

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