Honduras se encuentra en un momento muy peligroso de su historia. En medio de esta crisis política sin precedentes y de cara a las próximas elecciones, conviene correr un poco el telón para ver de cerca el drama que se representa entre el Gobierno y la verdadera oposición –no la del Congreso— y cómo esta refriega tiene un impacto en la sociedad civil.
¿Qué origina esta prolongada disputa partidista que lleva ya tres años y medio, justo los que tiene el PLR de gobernar, y que ha dividido profundamente a los hondureños? En “La venganza de los poderosos”, Moisés Naím nos muestra la manera de cómo ciertos gobiernos, en su afán por conservar el poder, acuden a una maniobra ideológica denominada de las “3P”: populismo, polarización y posverdad.
Cuando estas tres herramientas son aplicadas con disciplina programática, y aprovechando las debilidades de una oposición calculadora, se activa una maquinaria devastadora que socava las instituciones y el Estado de derecho.
Aquí, la ideología es lo de menos. Sea que se trate de un derechista ultraconservador o de un empedernido marxista, la fórmula funciona para todo régimen con pretensiones autocráticas. Lo del populismo entrelaza una ficción de mucho pegue en América Latina.
Significa que un grupo político se inventa un enemigo – normalmente una élite– que ha mantenido al pueblo, según sus socios, en la pobreza y en el atraso, lo que en cierto sentido, no deja de ser cierto. La treta consiste en proponer un cambio en la dirección de la historia con la llegada de un líder carismático, un partido y un gobierno que se proclama como portavoz de los sufrientes.
Se aprovecha también esa idea profundamente arraigada en la cultura política latinoamericana, basada en el deseo popular de contar con un líder todopoderoso que piense y actúe en nombre del pueblo. La polarización, por su parte, fragmenta la sociedad en dos bloques antagónicos: los buenos –el partido, el gobierno-, y los malos, la oposición, los empresarios, el imperialismo, la prensa.
En teoría, cuanto más profundo sea el abismo entre ambos bandos, menor será la posibilidad de que se articule una fuerza capaz de desafiar al poder. Al mismo tiempo, se consolida una aparente unidad monolítica alrededor del líder y el partido.
Por supuesto, esto no sería posible sin los canales que ofrecen las redes sociales, que es el opio del siglo XXI. Finalmente, la posverdad representa el arma más eficaz para afianzar el poder. Un gran descubrimiento de resistencia ideológica frente a los embates del enemigo.
En realidad, se trata de una técnica de manipulación utilizada para alterar la verdad a partir de la deformación de los hechos evidentes y la difusión machacada de un supuesto complot contra el gobierno.
Bien trabajada, termina por confundir a las masas que toman partido en los escándalos, sin importar la veracidad de las noticias. Pero no siempre la estrategia resulta exitosa.
Deja de funcionar cuando la ciudadanía está bien dirigida por líderes morales y cuenta con información veraz que le permite anticipar los peligros y movilizarse.
Fracasa cuando el pueblo comprende lo que se oculta detrás de esta ruta ensayada y cuando actúa con lucidez para jugar su última carta: la decisión electoral, el voto masivo, su derecho.



