Por Irazema Ramos

Recuerdo bien esta conversación con una adolescente; “Tienes mucho por decir, y quiero escucharte, abre un espacio en tu agenda semanal, porque entre clases, tareas, karate, francés, piano, ballet y tantas otras actividades, los días se te llenan de compromisos hasta el punto de no dejar espacio para detenerte.
Y aquí está la paradoja: mientras te esfuerzas por rendir y ser competente en tantas áreas, tu bienestar emocional queda al final o no está en la lista de cosas por hacer”. Como terapeuta, sé que la atención psicológica no es un lujo; es una necesidad. Los niños y adolescentes necesitan ser escuchados, acompañados y reconocidos en sus emociones para poder desarrollarse de manera saludable.
Sin este cuidado, la competencia en lo académico, lo artístico o lo deportivo pierde sentido, porque la salud mental es la base que sostiene cualquier logro. En las últimas décadas, la manera en que organizamos la vida cotidiana de los niños y adolescentes ha cambiado radicalmente.
Hoy en día, muchos niños no sólo van a la escuela durante varias horas al día, sino que después deben cumplir con una serie de actividades extracurriculares: deportes, clases de música, refuerzos académicos, terapia de lenguaje y otros compromisos que llenan cada porción de su tiempo. Para muchos, la experiencia de “estar ocupados” se asemeja más a una agenda de adultos que a la libertad necesaria en la infancia.
Desde una perspectiva psicológica, el tiempo y el que hacer no es simplemente cantidad; es percepción y experiencia. Por ejemplo, para un niño, pasar mucho tiempo atrapado en el tráfico en horas pico, llegar tarde a casa por las múltiples obligaciones y despertar temprano al día siguiente para comenzar otra vez la misma rutina diaria es una vivencia de agotamiento real.
El tiempo para ellos, es más lento, fragmentado y sin pausas, además el cansancio acumulado de los padres, genera también una atmosfera de frustración y puede ser que el tráfico, lejos de ser una pausa neutral, se convierte en un campo de batalla, que afecta sus relaciones familiares.
Diversos estudios han explorado cómo los propios niños perciben su nivel de ocupación y cómo esto se relaciona con el estrés. En un estudio con casi 900 adolescentes entre 9 y 15 años en los Estados Unidos, se encontró que muchos niños que pasaban más tiempo haciendo tareas y actividades organizadas reaccionaban con niveles más altos de estrés y expresaban un fuerte deseo de tener más tiempo libre y quedarse en casa.
Esto sugiere que los niños no sólo están ocupados, sino que perciben activamente esa ocupación como una fuente de sobrecarga. El fenómeno del overscheduling (programación excesiva de actividades) han mostrado que, aunque la participación moderada en actividades estructuradas puede ser beneficiosa para el desarrollo social y habilidades específicas, un número excesivo de compromisos puede interferir con el tiempo libre esencial, afectar el sueño y reducir la oportunidad de juego no guiado, lo cual es crucial para la salud emocional.
Uno de los efectos más evidentes de la vida acelerada es la reducción del tiempo de sueño. Las rutinas extensas y los desplazamientos largos implican que muchos niños, no tenga una siesta, se acuesten tarde y se levanten temprano, produciendo un déficit acumulado de sueño. La falta de sueño está asociada con problemas de atención, irritabilidad, menor rendimiento académico y mayores niveles de estrés.
Los niños están desarrollando físicamente; sus cerebros y cuerpos requieren más sueño que los adultos. Cuando este requisito biológico no se satisface, no sólo disminuye su capacidad de aprendizaje, sino que se debilitan las herramientas que tienen para regular sus emociones y su respuesta al estrés.
Esto es especialmente crítico durante la adolescencia, cuando los ritmos biológicos del sueño ya cambian y la presión de obligaciones escolares y extracurriculares compite directamente con la necesidad natural de dormir más.
Este artículo es un llamado a la reflexión, no se trata de satanizar todas las actividades ni de negar el valor de experiencias enriquecedoras como el deporte, la música o el arte. El punto clave es diferenciar actividad con propósito de actividad impuesta sin espacio para la pausa.
Un niño que elige y disfruta una actividad tiene más probabilidades de beneficiarse de ella. Pero cuando la agenda es decidida por las expectativas adultas, sean estas académicas, sociales o proyectivas de sueños propios no realizados, el resultado puede ser una infancia sin suficiente tiempo para ser vivida.
En resumen, la ciencia y la observación cotidiana coinciden: la percepción del tiempo, rutinas exhaustivas, tareas y proyectos escolares, exigencia de los padres de ser buenos en todo y el escaso descanso, influye profundamente en la salud emocional y cognitiva de niños y adolescentes.
Debemos promover un desarrollo verdaderamente saludable, es esencial reivindicar el valor del tiempo libre, las pausas y el aburrimiento.
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