Vivimos tiempos en los que es fácil confundir comodidad con derecho, tener con merecer. En consulta, cuando atiendo adolescentes, suelo escuchar a padres frustrados diciendo: “¡Mi hijo no valora nada! ¡Cree que todo se le debe dar!”.
Lo cierto es que el agradecimiento, aunque parece algo natural, también se aprende y se cultiva. En psicología, existen tres enfoques que nos ayudan a comprender por qué algunas personas y en especial algunos jóvenes, parecen valorar más lo que tienen, mientras otros no y eso es lo que aprenderemos hoy en nuestra consulta de Eureka.
1. El contraste experiencial: este enfoque nos explica que el pasado puede dar sentido al presente, “cuando el “antes” da sentido al “ahora”. Nuestra mente da valor a las cosas a partir del contraste, por ejemplo, no apreciamos la luz hasta que hemos estado en la oscuridad. Este principio se observa con frecuencia en personas que han atravesado algún tipo de carencia, una infancia sin lujos, pérdidas emocionales, limitaciones económicas etc y para ellas, cada cosa buena que llega a sus vidas es un tesoro, que suelen valorar y agradecer. Pero “ojo”, esto no significa que necesitemos sufrir para agradecer. El secreto está en enseñar a ver ese contraste, a través del diálogo, la empatía, la reflexión y si estos métodos no funcionan entonces la disciplina aplicando el contraste de tener y no tener.
2. La teoría de adaptación hedónica: este enfoque nos enseña que algunas veces lo bueno se vuelve invisible, según esta teoría, nuestra mente se adapta rápidamente a lo que normalmente tiene. Lo que hoy nos emociona, mañana se convierte en una rutina. Un celular nuevo, una habitación cómoda, sus tenis de marca, todo corre el riesgo de volverse “normal”. Aquí entra la gratitud como antídoto. Ser agradecido no solo nos ayuda a valorar, sino que también ralentiza la adaptación, nos ancla en el presente y nos permite disfrutar de lo cotidiano sin necesitar estímulos extremos uno tras otro.
3. La gratitud por privación: este camino considera que es necesario valorar desde la ausencia, obviamente no desde la escasez total y considero que no es necesario privar a nuestros hijos o a nosotros mismos de todo, para que aprendamos a agradecer, porque puede que estemos transmitiendo un mensaje equivocado. Pero me parece muy buena idea, ayudar a nuestros adolescentes a reconocer lo que está, y lo que podría no estar.
La gratitud por privación no requiere tragedias, mal trato, anulación del placer, ni venganza, sino conciencia, despertar en ellos un panorama diferente al que tienen, por ejemplo, una conversación, dar ejemplo de una historia real, un voluntariado o incluso enseñarles a hacer un ejercicio mental con una simple pregunta, ¿Cómo sería mi vida si no tuviera esto?”.
Estoy convencida que podemos educar sin mal tratar, enseñar sin humillar, es bueno que tengamos consciencia de que, si aplico una disciplina a mi hijo, no tengo porque como madre o padre, publicarla en redes sociales, contárselo a toda la familia, hacerme notar que se poner reglas, si lo hago de esta manera, lo hago desde el ego propio, la verdadera intención es enseñar el agradecimiento y puedo hacerlo sin ser yo el protagonista del momento.
No se trata de hacer sufrir a los hijos para que “valoren” y tampoco se trata de darles todo a manos llena porque yo como padre no lo tuve. El agradecimiento no debe nacer en la culpa, ni desde mi carencia anterior.
“No hace falta perderlo todo para agradecer. Hace falta verlo todo con la mirada de quien sabe que nada está garantizado.” Que nunca nos falte la capacidad de asombrarnos por lo que ya tenemos.
Y que nunca dejemos de enseñar a mirar con el corazón abierto enfocado en lo esencial.
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