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lunes, julio 22, 2024

SIN VENDAS: La faja de mi abuelita

Jesús Pavón

Por la tarde, ese momento en el cual el Rey Sol nos recuerda, con su abrazo de fuego, cuando aún el respirar es una sensación agobiante, cuando todos y todas escapan lo posible en cualquier sombra que nos brinde una poca de frescura, pues caminaba de regreso de la chamba, viendo danzar el pavimento para recordarnos que nacimos en tierra de maíz, guineos y zancudos. Caminando iba, sintiendo como el sol en risa loca me mordía la nuca, como si tuviera una veladora encendida en la espalda o capaz que todo un rezo de novena, cuando me encontré sin querer a Toribio, uno de los güirros del barrio. Aún recuerdo yo cuando lo miraba jugando chuña, en la cancha del barrio, mitad grama estrella, mitad campo de tierra, levantando polvo cuando se dirigía seguro a la meta enemiga, orgulloso por los vítores del público y sabiendo que anotaría. Aún recuerdo cómo con orgullo, muchos gritaban que lo conocían y que Toribio era el mero gallo. Después recordé cómo empezó a beber a escondidas de su tía que vivía con ella, cómo se le veía en la entrada del estanco de Pin, cada vez más seguido y luego recordé cómo se hablaba que lo habían visto durmiendo abajo de aquel puente donde la pachanga y la charamila son reinas. Ajá mijo, le dije, al encontrármelo, él me vio como si no me viera, como si hiciera un esfuerzo por recordar en la espesura de su memoria, me vio con esos ojos otrora vivos, me acuerdo de esa mirada pícara de cipote y ahora ya hombre solo vi dos agujeros negros, vacíos, desprovistos de vida, escondidos de la realidad, como si la vergüenza fuera mucha para asomarse a la vida.

Hola, me dijo titubeante, ¿cómo ha estado usted?, ¿cómo le va? Tengo hambre, me dijo, ¿tiene un peso que me dé?, me pidió casi en un ruego, la verdad. Si se lo doy, pensé, fijo que es para beber, yo conozco ese demonio me dije, yo sé lo que es la sed, la que te muerde la mollera y te tortura tanto que solo en tomar un trago más cabe en la conciencia, he visto caer grandes hombres y una que otra mujer, he visto lo que ese demonio hace, empieza con la risa de los amigos en un bar y termina en la acera debajo de un puente con el beso gélido y solitario de la muerte cuando llega a llevárselo a uno.

Mejor te invito a un plato de comida le dije, vamos allá y te lo compro, él me miro y sonrió a medias, se podía ver cómo el hambre luchaba con el demonio ese que lo tenía amarrado, vi cómo se dividía en dos su cara, sus ojos por un momento fueron el cipote listo, como si se hayan logrado escapar de la cárcel, pero solo un momento fue, luego la oscuridad lo abrazó nuevamente. Gracias don, me dijo, pero ya comí, lo que quiero es ajustar un fresco, me confirmó, y yo pensé, y la pachita también, pero no dije nada, yo sé que él lo sabía, su demonio interno me sonrió irónico, como recordándome quién mandaba en ese cuerpo y esa mente que se desmoronaba, con el grito agónico de cada neurona que se ahogaba en el alcohol.

Tené, le dije, casi con asco, no por él, sino por mí, por fomentar esa tragedia, aún de lejos se sentía el tufo a sudor, alcohol y calle, su piel cuarteada por el sol y llena de cicatrices, su cabello ya días metrópoli de piojos y sabe Dios qué más. Tené mijo, le dije con pesar, no sé si por él o por mí, por haber conocido el otro güirro salvaje, no en lo que se había convertido. Lo vi irse caminado lento, andar cansado y vacilante, como una barca medida en la marea alta, lo vi caminar hacia la otra acera, se volvió una vez, antes de doblar la esquina, donde quedaba el bar aquel.

Gracias abuela, me dije recordándola, ella con su delantal omnipresente y su pequeña faja de cuero, presta a morder al menor desacuerdo, presta a corregir, como ella me decía, gracias abuela me dije, esa fajita me guio en la vida, muchas veces el rigor fue necesario pero al final dio sus frutos, evitó que el viento de la vida me llevara a la tragedia, todos hemos sido jóvenes, me dije, todos hemos estado en riesgo y muchas veces, somos lo que somos por la fajita de la abuela, aplicada con amor como ella decía, me lo vas a agradecer me decía ¡y tenía razón!

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