Por Mirna Isabel Rivera

Ser latina o latino es un privilegio, vivimos en un gran jardín desde Tijuana hasta la Tierra del Fuego, una canción con diferentes acentos, una historia común que nos une y nos recuerda que tenemos lo mejor de varios mundos. Los atardeceres más bellos, el sol más potente, los ríos y mares más ricos en biodiversidad. Más allá del oro, la plata, del petróleo o los minerales raros, nuestra riqueza está en nuestra flora y fauna, en nuestra gente y nuestra cultura.
Somos un crisol de razas, un hermoso tornasol, en una sola persona se puede encontrar la sabiduría de los pueblos originarios, la resiliencia y la alegría de los africanos y el espíritu misionero de los europeos. Orgullosamente mestiza es la gran mayoría de latinoamericanos, somos pueblos que buscamos ser libres, no literalmente de las cadenas, pero sí de los estereotipos y de los fichajes raciales.
En cada país latinoamericano hay espacio para los que llegaron del Medio o Lejano Oriente, siempre hay un “chinito”, un “turquito”, un “judío”, u otras nacionalidades, todos son muy queridos por la comunidad. Si alguien quiere hablar en español como segundo idioma lo ayudamos, sin importar que tan mala sea su pronunciación. Por eso, terminan adoptando nuestras costumbres con amor, jamás por la fuerza.
Brillamos donde vamos, sonreímos y siempre agradecemos a Dios lo que logramos dondequiera que estemos. Un latino se sabe desenvolver aun sin saber el idioma, lo que habla es su trabajo, conoce el valor de los amigos y la familia. Sabe adaptarse a los olores y sabores extranjeros, sin olvidar su tierra natal.
Las latinas y los latinos tenemos estampada desde nuestro nacimiento la marca de triunfadores. Nos despertamos dando gracias por tener el alma en el cuerpo, con el canto de un gallo y con el olor a café, vamos siempre para adelante, somos imparables. Una pequeña oportunidad la convertimos en un gran éxito. La oscuridad solo se ocupa para descansar, nuestras mentes están diseñadas para luchar, rendirse está fuera de nuestro vocabulario. El verde de las montañas y el trinar de los pájaros son parte de nuestro diario vivir. Tenemos una fragancia propia de las veredas tropicales. Siempre soñando con un mejor día, porque desde muy pequeños aprendimos que la esperanza es lo último que se pierde, que lo más precioso que tenemos es nuestra vida.
Somos el pasado, el presente y el futuro. Nos reivindicamos con canciones y con bailes, esas son las mejores armas en tiempos de racismo y discriminación. Hablamos español con orgullo, sin pedir permiso.
En el reciente espectáculo de Benito Antonio Martínez Ocasio (Bad Bunny), en el Gran Tazón, él se atrevió a reivindicar a los latinoamericanos, especialmente a los migrantes (indocumentados y documentados), que son llamados delincuentes, criminales y hasta animales. Benito mostró grandeza, fue capaz de empatizar y tomar un rol protector. Pudo haber dado cualquier espectáculo (total él ya es millonario), pero hizo una declaración de amor, transformó el estadio en una plataforma para representar lo bello de la identidad latinoamericana e incluso incluyó a Canadá. Me quedó con estas dos frases: “Lo único más poderoso que el odio es el amor” y “Yo creí en mí, y tú también deberías creer en ti”.



