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miércoles, junio 3, 2026

Ser docente en tiempos de inteligencia artificial (Primera Parte)

Por Mirna Isabel Rivera

Una idea que se ha difundido es que las calculadoras cuando aparecieron también escandalizaron a los docentes, porque ya los estudiantes no tendrían que memorizar las tablas de multiplicar, tampoco era necesario conocer las fórmulas algebraicas, porque las más avanzadas hacían esos cálculos.

Una calculadora es de mucha utilidad si estamos haciendo una venta en nuestro negocio y queremos garantizar que no nos equivocamos. Las cajas registradoras en un supermercado o en una farmacia nos ahorran mucho tiempo y eliminan mayor probabilidad de cometer errores. Una calculadora no tiene la capacidad de analizar un contexto, solo puede responder preguntas precisas y bien planteadas de manera numérica.

El docente pasó de verificador de operaciones a un facilitador que promueve el pensamiento crítico y la interpretación de datos. Esta herramienta fue introducida en otras disciplinas como la física, economía y contabilidad entre otras materias.

Los criterios pedagógicos para saber cuándo usar una calculadora y cuándo no depende en gran medida de las políticas de la institución educativa. En los silabos de las asignaturas, se pueden incluir casos prácticos con problemas reales, para incentivar la curiosidad y resolución de problemas. Una de las críticas más desfavorable que recibe la inteligencia artificial (IA) es que los humanos promedio dejarán de pensar por sí mismos y se volverán completamente dependientes.

Hasta cierto punto, estoy de acuerdo con esta idea, porque a diferencia de las calculadoras la IA está diseñada para aprender, pensar y actuar como lo hacemos nosotros los humanos.

Al igual que el uso de las calculadoras, el uso de la IA es inevitable, forman parte de nuestras vidas, aunque no le llamemos por su nombre. Con solo utilizar nuestros móviles “Smart phones”, estamos haciendo uso de ella.

Sin IA, solo haríamos llamadas telefónicas, no tendríamos acceso a un reconocedor facial, al recordatorio de fotografías digitales, tampoco Google Assistant o Google Map. Que decir de los “algoritmos” que saben lo que nos gusta, lo que buscamos en Internet y a veces hasta parece que escuchan nuestras conversaciones.

También tienen que ver en los videos que más nos aparecen y hasta hacen que algunos videos se hagan virales. La IA está en nuestras casas, en las refrigeradoras, las estufas, las cámaras de seguridad. Juega un papel importante en nuestros televisores “Smart”, para ver una película puede usar Netflix, que sugiere películas según nuestro gusto.

La IA está en todas partes, hasta para la selección de personal, es un gran aliado de las oficinas de recursos humanos. Entonces, nuestras vidas se pueden ver beneficiadas, por supuesto que sí, entonces nuestra forma de comprender el mundo que nos rodea ya no puede ser igual, por lo menos para los que estamos inmersos en estas nuevas tecnologías.

Potenciar la educación mediante la IA es algo beneficioso, pero ¿qué pasará si lejos de aprovecharla sabiamente, la usamos para convertir a nuestros estudiantes en personas sin pensamiento crítico, dependientes de la tecnología, incapaces de comunicarse y mucho menos resolver problemas por sí mismos? No es una pregunta fácil de responder, requiere de mayor profundización de los contextos en los que realizamos el proceso de enseñanza-aprendizaje.

La dependencia es fortalecida cuando el sistema educativo lo permite y abre las puertas de par en par, para que los estudiantes copien, de una IA como ChatGPT o cualquiera de las otras 100 que existen, cuando los estudiantes renuncian a pensar, cuando desconocen cómo usar la IA de manera adecuada y si lo saben prefieren plagiar.

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