El sueño bolivariano impulsado por Hugo Chávez, de construir un socialismo a la medida latinoamericana, lo echó a perder Nicolás Maduro Moro. Aunque el coronel padecía el trastorno “místico caballeresco”, similar al del Quijote de la Mancha, el proyecto en el que se había embarcado desde 1999 no estaba mal concebido si lo vemos en términos justicieros.
Pero después se aburrió de seguir los consejos academicistas de Marta Harnecker y de Stella Calloni y se decantó por lo que mejor sabía hacer como buen militar: ordenar y ser obedecido. Del socialismo del siglo XXI, pues, solo quedaba el discurso. La muerte de Chávez, como ocurre en toda dinastía, marcó el fin de un plan que llevaba tiempo descomponiéndose en lo ideológico, por diversas razones.
Primero, porque implantar el socialismo de Heinz Dieterich Steffan resultaba ser una tarea históricamente descomunal, solo comparable a la gesta bolchevique de 1917, pero en modo vegetariano.
Segundo, al igual que Stalin, a Chávez le salía mejor concentrar el poder que seguir un plan estratégico riguroso que requería tiempo, paciencia y serenidad para soportar el fracaso. Cuando Chávez decidió exportar “su” modelo a través de la ALBA — imitando a Fidel, solo que sin guerrillas- comprendió que se necesitaba mucha plata para costear la descomunal empresa.
Los fondos solo podían provenir de PDVSA y de esa fuente financiera que enajena a tantos políticos corruptos en América Latina: el narcotráfico. Tras la muerte del supremo, el heredero de la utopía llanera, el exlíder sindical Nicolás Maduro Moro, según se cuenta, hizo de aquella válvula financiera un caudaloso Orinoco, y la convirtió en la razón de ser de esa maquinaria elitista que todos llaman erróneamente “chavismo”.
Y dado que todo clima de negocios demanda orden y previsibilidad, es lógico entender las razones por las cuales el manual recomienda que los regímenes que se apegan al libreto madurista deben ser de largo alcance, de lo contrario no funciona.
Quien haya mixeado los ingredientes de teorías conspirativas, tácticas leninistas y fascistas y las metió en una procesadora ideológica, es un verdadero genio. Es decir, el madurismo reinterpretó la receta chavista. La segunda fase bolivariana presenta dos rostros que los necios ignoran y los inocentes confunden.
El primero es ideológicamente irrealizable, que es insistir en “la liberación de los pueblos sometidos por el imperialismo y las oligarquías”, una engañifa que mantiene vivas las esperanzas revolucionarias del continente.
El segundo representa el verdadero propósito, lo que pende del vértice superior de la pirámide del poder, el negocio por el que actualmente es tasado Maduro por el gobierno norteamericano con 50 millones de razones, superando a Osama bin Laden y a Saddam Hussein en popularidad.
En cualquier caso, si Maduro llegara a caer, como todo indica que sucederá, muchas cosas podrían ocurrir, unas insospechadas y otras previsibles, como dejar sin patrocinio a los regímenes autoritarios del continente, redireccionar los negocios chuecos y reencauzar la democracia en Venezuela, devolviéndole a la oposición lo que es suyo desde julio del 2024.
Ese día, el socialismo autoritario dejará de operar como una transnacional ideológica y volverá a ser lo que siempre fue: un mito mal parido, un ensayo fallido, enterrado junto a Chávez y al sueño bolivariano de una América Latina unificada y socialista.



