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Honduras
sábado, julio 18, 2026

Los bolsones en los bolsones

Por: Héctor A. Martínez

El presidente Nayib Bukele ordenó a su ministra de Educación, Karla Trigueros que hiciera una incursión pedagógica a la comunidad de Nahuaterique, ubicada en la zona fronteriza de los llamados “bolsones”. Como recordarán, esos territorios fueron, por largos años, objeto de disputa entre Honduras y El Salvador. Finalmente, el diferendo fue resuelto por la Corte Internacional de Justicia a favor de Honduras, en 1992.

El propósito de la orden presidencial era entregar material didáctico para cientos de niños en edad escolar y suplir las eternas necesidades educativas que persisten en nuestro país. Pero, como bien reza el proverbio popular, no se puede entrar a un país “como Pedro por su casa”, las autoridades hondureñas echaron por tierra el cometido porque la ministra andaba puesto un “outfit” militar, cosa prohibida si no se siguen los pasos diplomáticos establecidos.

Debemos recordar a las nuevas generaciones que, si bien los habitantes de aquella zona poseen la identidad hondureña, el sentimiento identitario que impera en la región es el salvadoreño en el amplio sentido sociológico y cultural. Median razones poderosas para explicar este irredentismo fronterizo.

Ahora bien, podemos imaginar cómo se inició este enredo y describirlo con cierto toque humorístico, tal como lo habría hecho Horacio Castellanos Moya o el propio Melitón Barba, dos de mis escritores salvadoreños favoritos. “Ve, niña Karla –le habría dicho a la ministra el presidente con más ‘likes’ en Latinoamérica—: andá y dejá estos bolsones a los bolsones y estas laptops que nos sobraron del material que donó el Gobierno de China y entregalas a las escuelas. No olvides las selfies para subirlas a mi cuenta de X”.

Frustrada la incursión pedagógica, la ministra tuvo que regresar a San Salvador a hacer el reporte, mientras en Honduras, la clase media y los latinos proclives al seguidismo ciego comenzaron a descalificar a las autoridades nuestras con epítetos de toda especie, como: “¡Qué pendejos que son!”; “Ni hacen ni dejan hacer”, en fin. En nuestro país, el percance apenas llamó la atención de los políticos, absortos, no en los temas prioritarios –como frenar las matanzas—, sino en blindar el poder para reelegirse en el 2030. Además, el acontecimiento fronterizo no pudo competir con los aborrecibles escándalos institucionales que copan la discusión pública, al mismo tiempo que los hondureños siguen atrapados entre la supervivencia de los más pobres y el ritmo de consumo de la clase media.

Bukele, en cambio, pudo reposicionar su “branding” personal a través de la imagen de una eficiencia que trasciende las fronteras, quizás pensando, como todo buen líder autoritario, en una posible legitimidad centroamericana. De ahí la alegoría unionista de su traje confeccionado a lo Gerardo Barrios o Francisco Morazán. Sabe que su fortaleza descansa en los vacíos institucionales que va dejando el sistema y que las masas viven necesitadas de la figura del hombre fuerte que pone orden, sin importar el sacrificio de la democracia. Se trata de un mal latinoamericano culturalmente inextinguible.

Lo de los bolsones no fue más que un simbolismo: lo que no se gana en los tratados internacionales ni con invasiones militares, se logra por simpatías y a fuerza de “likes” en “X”. Esa es toda la bulla.

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