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domingo, julio 19, 2026

Los alquimistas de la Revolución

Por Héctor A. Martínez

En un acto oficial celebrado recientemente, la copresidente de Nicaragua, la poeta y nigromante Rosario Murillo, junto a su esposo, el dictador Daniel Ortega, les recordaba a los nicaragüenses que la Revolución estaba construyendo “el país que soñamos”, olvidando mencionar a quiénes se refería como los soñadores.

Entre los tradicionales gritos de “¡Hasta la victoria siempre!” o “¡Patria o muerte!”, los empleados del gobierno aplauden por temor, por conveniencia o por estar adormitados bajo los efluvios mágicos de la rapsoda vidente.

Al mismo tiempo, los medios de comunicación afines al Gobierno, como “El 19”, un facsímil del “Granma” cubano, se muestra pletórico de alabanzas y apologías hacia los “paladines” de la Segunda Independencia. ¿Cómo puede un gobernante insistir en la construcción de la paz y el amor de Dios, al tiempo que constriñe las libertades más fundamentales; que asesina, encierra y obliga al exilio a sus críticos? Lo logra a través de una especie de alquimia discursiva que transforma la amarga realidad en una farsa institucionalizada.

No olvidemos que los eslóganes suelen llenar los vacíos dejados por la ineficacia institucional. Insistir en que se están logrando grandes avances sociales, cuando los hechos apuntan hacia otra dirección, es una forma de propaganda sacada de los manuales fascistas y estalinistas, muy utilizados en América Latina desde los días de la Revolución cubana.

Por cierto, esta artimaña ideológica nada tiene que ver con los fundamentos de la teoría marxista. Marx jamás nos enseñó que había que mentir en política. La mentira que inunda los discursos oficiales pretende convertir las gestas del pasado en una construcción ideológica engañosa, utilizada para ocultar la incapacidad del régimen de promover el bienestar del pueblo nicaragüense.

La constante evocación de los días de la lucha armada y la victoria final, va fijando en el subconsciente colectivo el mito fundacional de los héroes sandinistas, que encuentra en los esposos Ortega Murillo su máxima expresión simbólica.

Sobre ellos recae la responsabilidad histórica del sacrificio, la superación de los límites humanos y la predestinación para organizar la nueva sociedad. Al carajo se fueron Dora Téllez, Hugo Torres, Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, los verdaderos héroes de la Revolución, desterrados o perseguidos por la dictadura “revolucionaria”.

La edificación de la “nueva sociedad” solo fue posible en la imaginación y las cuentas bancarias de la pareja presidencial y sus adláteres. La lucha armada que se le opuso al régimen somocista no desembocó en una síntesis hegeliana de justicia, sino en una tragedia: la continuidad de una dictadura de izquierdas.

Ese no fue el sueño inspirador que imaginaba Ernesto Cardenal en aquel su “Cántico cósmico”. Lejos de esa aspiración poética y trascendente, la alquimia de Rosario Murillo transfigura la realidad en un relato fabuloso que los nicaragüenses deben aceptar sin remilgos bajo el riesgo de sufrir las consecuencias de una ley aplicada a discreción del matrimonio gobernante.

Si de algo sirve, vale la pena recordar que ningún conjuro resiste para siempre el peso de la verdad histórica, la ficción colectiva impuesta por Daniel Ortega y su consorte terminará por desmoronarse algún día.

Ese relato forzado, sostenido a pura represión y propaganda, se romperá cuando el pueblo organizado despierte del hechizo y reclame la Revolución que le fue arrebatada en 1979. Y ese día llegará más temprano que tarde.

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