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sábado, julio 18, 2026

La puerta abierta de Washington

Por Rodolfo Dumas Castillo

abogado Rodolfo Dumas Castillo
abogado Rodolfo Dumas Castillo

La reciente publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos no es un ejercicio retórico ni un documento destinado a los archivos. Es una declaración práctica de prioridades, incluyendo cómo Washington entiende la seguridad, a quiénes considera socios confiables y bajo qué condiciones está dispuesto a invertir capital político, financiero y estratégico.

Para Honduras, y particularmente para el gobierno entrante de Nasry Asfura, el texto ofrece la oportunidad de comprender que la relación con los Estados Unidos ya no se define por afinidades discursivas, sino por resultados verificables. Uno de los ejes centrales de la estrategia es la premisa de que la seguridad precede al desarrollo.

No como consigna ideológica, sino como condición operativa. Estados Unidos ha demostrado, en distintos países de la región, que cuando existen control territorial, liderazgo político y capacidad institucional, la cooperación se profundiza y se traduce en respaldo tangible.

Donde hay ambigüedad, improvisación o debilidad del Estado, incluso la cercanía política se vuelve insuficiente. La migración ocupa un lugar central en esta visión. Washington la aborda hoy como una variable de seguridad nacional y, por tanto, como un asunto de corresponsabilidad.

Este cambio de enfoque ha permitido que algunos países conviertan un problema estructural en una plataforma de cooperación económica, inversión productiva y generación de empleo. Honduras tiene aquí una oportunidad evidente, siempre que el discurso migratorio vaya acompañado de políticas públicas creíbles, ejecución sostenida y resultados medibles.

La estrategia también es explícita respecto a los alineamientos internacionales. Estados Unidos distingue con claridad entre aliados confiables y socios circunstanciales. No exige uniformidad ideológica, pero sí coherencia, previsibilidad y ausencia de dobles mensajes. En ese contexto, la apertura expresada por la administración de Donald Trump hacia el presidente electo hondureño no debe interpretarse como un cheque en blanco, sino como una invitación a definir prioridades con claridad y a sostenerlas en el tiempo.

El componente económico ocupa un lugar central en esta lógica. Para Washington, la inversión privada, la seguridad jurídica y la estabilidad regulatoria no son asuntos accesorios, sino instrumentos de seguridad regional. No es casual que los países que han logrado ordenar su entorno institucional y ofrecer reglas claras hayan captado mayor atención y recursos.

En esa ecuación, el sector privado deja de ser un actor secundario y se convierte en un aliado estratégico. Un capítulo particularmente relevante es el del financiamiento estratégico vinculado al nearshoring. En este punto, la U.S. International Development Finance Corporation (DFC) desempeña un rol clave como vehículo para trasladar la visión de seguridad nacional estadounidense al terreno económico.

Para Estados Unidos, acercar cadenas de suministro, reducir dependencias geopolíticas y fortalecer plataformas productivas cercanas forma parte de su concepto ampliado de seguridad. Honduras puede insertarse en esa lógica si logra articular proyectos que conecten infraestructura, energía confiable, logística eficiente y capital humano con generación de empleo formal.

La DFC no financia discursos, sino entornos, marcos jurídicos estables, proyectos bancables y capacidad real de ejecución. En este contexto, el rol del sector privado hondureño es decisivo. No basta con esperar políticas públicas o flujos de financiamiento externo. La contribución concreta pasa por estructurar proyectos viables, transparentes y escalables; por invertir en cumplimiento, gobernanza corporativa y trazabilidad; y por asumir un papel activo en la generación de empleo formal y encadenamientos productivos.

Las organizaciones empresariales pueden fungir como interlocutores creíbles, capaces de traducir prioridades nacionales en propuestas concretas ante socios internacionales. Para Washington, un sector privado organizado, responsable y comprometido con la legalidad es parte integral de la ecuación de seguridad.

Conviene recordar que, durante el primer periodo de gobierno de Trump, ya se suscribió un memorándum de entendimiento que contemplaba la disponibilidad de recursos cercanos a los mil millones de dólares. Ese antecedente demuestra que el interés existe; lo que ahora está en juego es la capacidad del país para activar nuevamente ese tipo de instrumentos, con proyectos bien estructurados y canales institucionales adecuados.

Finalmente, la Estrategia de Seguridad Nacional deja una enseñanza que Honduras no debería ignorar. Estados Unidos apuesta por gobiernos que ejecutan. Más que declaraciones, valora decisiones; más que intenciones, resultados. La afinidad política puede abrir la puerta, pero solo la institucionalidad, la coherencia y el carácter la mantienen abierta.

Honduras se encuentra ante una coyuntura poco frecuente, un nuevo gobierno con margen político y una administración estadounidense dispuesta a cooperar.

Convertir esa coincidencia en una relación estratégica madura dependerá de entender una verdad simple pero exigente: en la lógica de Washington, la confianza no se proclama; se construye. Y siempre se construye con hechos.

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