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martes, septiembre 22, 2026

¿La mudanza?

BAJO el cielo azul turquesa que cobijaba aquel bosque de pinos esbeltos. Sus ramas altas extendidas hacia los lados, las inferiores inclinadas hacia abajo, su follaje en acículas agrupadas en pequeños manojos, mecidas por el viento con rítmica suavidad. El Sisimite ve llegar a Winston con el chunche que sacó a escondidas de su casa. -Te van a regañar, si se dan cuenta que andás con eso; además aquí ni llega señal de wifi y de nada nos sirve. -Mirá, acá colocado estratégicamente con señal satelital para hacer unas preguntas a la IA, a propósito de la víspera del día en que se conmemora la entrega de los pliegos de independencia. -Por lo menos ya veo que vos ocupás eso para instruirte no como los analfabetos del siglo XXI, adictos a esos chunches, que pasan embrocados todo el día en las pantallas recibiendo basura y transmitiendo changoneta. ¿Y sabías que la ciudad de Gracias fue la primera en recibirlos, el 22 de septiembre, seis días antes que llegaran a Comayagua y Tegucigalpa? El manojo de documentos venía con retraso de 14 días desde Guatemala, tras la firma del Acta el 15 de septiembre de 1821. Ahí, estaba yo cuando el ayuntamiento, controlado por Dionisio de Herrera, celebró el acontecimiento con manifestaciones en las calles.

-Le voy a preguntar –y no salgás con que vos también estabas allí– ¿por qué se movió la capital? -Cuál querés ¿la versión oficial o la real? -Ajá, veamos si es lo mismo que contesta esta IA. -“El decreto es del 30 de octubre de 1880, firmado por Marco Aurelio Soto, dando como razón que Comayagua estaba en decadencia, Tegucigalpa tenía más población, más comercio y mejores condiciones”. -¿Y qué sabés de la leyenda popular que se transmitió de boca en boca? -Sí, que “don Marco Aurelio estaba casado con Celestina Mijango, una mujer de Tegucigalpa, y la sociedad de Comayagua (la capital colonial) la despreciaba y le hacía desaires constantes. La versión más extendida dice que Soto, cansado de los desplantes hacia su esposa, decidió trasladar la capital a Tegucigalpa como una forma de «venganza» o para alejarla de ese ambiente hostil”. Incluso hablan que “su cumpleaños (13 de noviembre) se acercaba y no quería que la primera dama pasara otro mal momento en Comayagua”. La versión oficial, consignaba razones de Estado: Intereses mineros: Tegucigalpa era el centro de la industria minera, y Soto tenía fuertes inversiones y socios comerciales (como la Rosario Mining Company) en esa zona. Gobernar desde allí facilitaba sus negocios y el desarrollo económico. Condiciones de la ciudad: Se argumentó que Tegucigalpa reunía mejores condiciones para albergar los poderes del Estado, incluyendo la Corte Suprema y la Universidad Nacional. “Rivalidad histórica: Existía una larga rivalidad entre la conservadora Comayagua y la liberal Tegucigalpa”.

La mudanza buscaba consolidar el poder del proyecto liberal. “No se podía hacer una reforma anticlerical gobernando desde la ciudad episcopal; la Iglesia, la élite terrateniente conservadora, el orden colonial intacto. Mover la capital fue mover el poder fuera del alcance de quienes iban a vetarlo. La Reforma Liberal de Soto y Ramón Rosa era anticlerical –secularizó la educación, suprimió el diezmo, expropió bienes de la Iglesia– entre otras ocurrencias”. Y hay un factor más prosaico: “Comayagua venía destruida. Las guerras civiles de los 1870 la dejaron arruinada. Soto no destronó a una ciudad fuerte; certificó una defunción”. -¿Y ayudó? -“Políticamente, sí, y bastante”. “Desde 1824 la capital había ido y venido entre las dos ciudades según quien ganara la última guerra. Un Estado que muda de sede cada vez que cambia el gobierno no es un Estado. Fijar la capital fue un acto de consolidación –de los pocos que Honduras hizo bien en el siglo XIX– y sin él la Reforma Liberal no se ejecuta: códigos, registro civil, educación laica, administración permanente. Soto y Rosa construyeron en siete años el andamiaje estatal que no existía, y necesitaban una sola sede para hacerlo”. -¿Y geográficamente? -Allí está el dilema. Winston, al despedirse, observaba absorto “como la luz del sol se filtraba entre las ramas y dibujaba manchas doradas sobre el suelo cubierto de hierba fresca y hojas secas. Respiró hondo, en aquel ambiente silencioso y fresco, solo interrumpido por el murmullo del viento que susurra entre el follaje”.

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