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sábado, julio 18, 2026

La clase media hondureña a examen

Por: Héctor A. Martínez

En Honduras, la clase media no ha asumido el papel protagónico que le corresponde. Cuando hablamos de clase media, nos referimos a esa pléyade social integrada por profesionales de toda especie, pequeños comerciantes, managers intermedios, microempresarios, profesores universitarios y empleados públicos. Y decimos que no ha asumido ese papel primordial porque vive atrapada en una permanente incertidumbre económica que le resta tiempo para convertirse en una fuerza políticamente combativa.

Eso conduce a miles de ciudadanos de ingresos medios a comportarse con una marcada desafección hacia la política, ignorando el gran poder que posee como segmento social. De hecho, los contenidos de las campañas electorales van dirigidos específicamente a la clase media porque es el estrato que posee mejor acceso a la información y el que crea opinión pública, aunque sus miembros no entiendan mucho de lo que suceda a su alrededor

En lugar de posicionarse como agentes de transformación social, las capas medias urbanas se conforman con ir a depositar el voto, creyendo que con el acto pueden cambiar la crítica situación del país. Después son los primeros en quejarse cuando ven que el sistema político se inunda de corruptos e ineptos, llevando un tren de vida mucho mejor que el suyo. De ahí que no debería extrañarnos su pataleo en las redes y el creciente abstencionismo electoral.

El problema radica en que la mayoría de los profesionales no se detiene a estudiar sobre política y economía, perdiendo el tiempo en copiar un estilo de vida similar al de las clases altas. Luego no encuentran relación entre el crecimiento económico, la productividad y el desempleo. Tampoco entienden que el Estado no produce riqueza –la transfiere— y que la corrupción no se trata solo de robar recursos. Mucho menos logra explicarse por qué no encuentra un empleo digno, ni las razones por las cuales los sueldos son miserables, a pesar de los diplomas universitarios.

En realidad, gran parte de la clase media desconoce que entre el Estado y las élites políticas y económicas existen vínculos de colaboración mutua que casi nunca benefician a las mayorías. Ese entramado de intereses termina moldeando una economía poco competitiva, sostenida por prácticas proteccionistas que limitan la productividad empresarial, desalientan la reinversión y restringen la creación de puestos de trabajo. El costo social de este modelo corporativista se paga con bajos salarios, servicios públicos mediocres y una movilidad social cada vez más reducida para profesionales y emprendedores.

En conclusión, las capas medias asumen que su destino descansa irremediablemente en el sistema político actual y que la corrupción se acabará el día en que aparezca un líder de valores espirituales. Pasan por alto que ese líder no saldrá de las áreas marginales, sino de la clase media, pero impuesto por un grupúsculo poderoso.

Más allá de la supervivencia diaria, la clase media hondureña está llamada a ser el motor de cambio de la realidad nacional. Pero debe hacerlo de forma participativa, organizándose en una plataforma novedosa y en un movimiento de vanguardia que aglutine a los más capaces y honestos. Tienen casi todo a su favor: energía, inteligencia, medios de convocatoria y deseos de superación honrada. Solo les falta conciencia de clase, como dirían los viejos marxistas. Y líderes honrados.

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