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miércoles, abril 17, 2024

La banalidad mediática

Los medios de comunicación han convertido en un show publicitario el juicio que se lleva a cabo en Nueva York contra el expresidente Juan Orlando Hernández. Las trasmisiones de larga duración resultan insoportables para un público que prefiere los culebrones, el futbol o las series de Netflix con tal de sobrellevar la pesada cruz del día a día.

La vocinglería de algunos locutores me recuerda, de cierta manera, a esos mercachifles callejeros de voces estridentes que, megáfono en boca, ofertan la verdura, los abarrotes y las baratijas chinas, interrumpiendo la paz de barrios y colonias. Pese a la buena intención de informar sobre los acontecimientos, los medios ignoran, consciente o inconscientemente, los efectos directos y secundarios que sus larguísimas transmisiones, sobre todo cuando se trata de una fatalidad, pueden ocasionar en la psique de los ciudadanos.

Como si no tuviésemos suficiente con los graves problemas del país, los medios se han dedicado a montar toda una maquinaria informativa -y por ratos desinformativa- para generar “rating”, mostrarse competitivos y ganar espacios entre la audiencia radial y en los espectadores de los noticiarios televisados. A ello hay que agregarle la voluminosa publicación que se sube en las diferentes redes sociales, donde “X” juega un papel de primer orden en la transfusión de intranquilidad a los ciudadanos, que ya bastante tienen con la desdicha nacional que parece ser eterna. ¡Pura banalidad del espectáculo mediático! El culmen de la fantochada circense; la futilidad del ajusticiamiento transmitido desde la tarima pueblerina; el anfiteatro tercermundista en su máximo esplendor.

Ha confluido en estas prolongadas y cansinas transmisiones, la solemnidad del exhibicionismo recurrente en procura del liderazgo de opinión, sin importar el precio a pagar de “los que hacen posible este programa”, como diría un presentador de la televisión matutina. El marketing desdeña, desde luego, los efectos marginales que impedirían, de otra manera, el recorte en el volumen de los anuncios publicitarios.

Pese a la virtuosa misión de informar, las prolongadas y reiterativas coberturas sobre hechos vergonzosos, tienen un efecto insospechado, acaso devastador, sobre el ánima ciudadana: paralizan la acción colectiva y promueven los enconos y la confrontación intersectorial. Además, existen argumentos de carácter ético que no debemos desdeñar. Mientras unos festejan, otros sufren; mientras unos sacian su sed de venganza, otros urden los desquites que, en todo caso, no hacen más que hacer jirones el endeble tejido de la cohesión social.

No debemos desdeñar que estos episodios de vergüenza nacional pueden generar la sensación de que el mundo es cada vez más trágico y fatal, generando un vacío existencial que es propicio para el negocio de la psiquiatría.

Quienes dirigen los medios de comunicación no deben olvidar que el mundo es cada vez más anarquizante; que las sociedades se fragmentan de a poco bajo los designios de la relatividad moral y la pérdida inexorable de los valores tradicionales que, de alguna manera, han servido de argamasa para mantenernos unidos hasta hace un tiempo. En un mercado libre -en este caso, el de los medios- no siempre debe primar el sonido de la caja registradora: hay cuestiones que debemos considerar antes de darle cobertura a ciertos acontecimientos que, en lugar de seducir los espíritus, ponen en peligro la consistencia espiritual de la sociedad.

(Ver artículos en latribuna.hn)

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