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Honduras
sábado, julio 18, 2026

Ingenuidad

Por: Rodrigo Amador

Dice la gente en las calles que la solución a nuestra violencia es que los pastores evangélicos más notorios convoquen a una gran marcha por la paz. Qué ganas de seguir perdiendo el tiempo. Hace unas semanas les decía en este mismo espacio que el peor error de nuestra sociedad es actuar como los malos meseros: exigirle propina al que consume, o mejor dicho, exigirle soluciones a quien no tiene la obligación ni la capacidad de darlas. Hoy, con el agua al cuello por el miedo, la ciudadanía hondureña vuelve a tropezar con la misma piedra, buscando mesías con saco y corbata para que les resuelvan un problema que se soluciona con plomo, jueces rectos y cárceles de verdad, no aguantando sol un domingo.

Abra los ojos de una vez por todas. ¿De verdad cree usted que un marero en Chamelecón o un sicario en la Rivera Hernández van a tirar sus armas y a ponerse a llorar de arrepentimiento porque vio a cinco mil personas vestidas de blanco marchando por la Avenida Circunvalación? Pensar que una caminata \pacífica va a conmover a criminales que no tienen el más mínimo respeto por la vida humana no es fe; es pura ingenuidad. La delincuencia que nos desangra no se frena con consignas bonitas, ni con globos blancos flotando en el cielo, ni con canciones de alabanza en un bulevar. Esos delincuentes solo entienden el lenguaje de la fuerza y el imperio de la ley, dos cosas que ningún pastor les puede imponer desde un púlpito. Exigirle a las iglesias que lideren marchas es evadir la realidad y, peor aún, es quitarle la presión a los verdaderos culpables. Quienes tienen que garantizar que usted regrese vivo a su casa después del trabajo son el Ministro de Seguridad, la Policía Nacional, los fiscales y los jueces que pagamos con nuestros impuestos. Es a ellos a quienes hay que exigirles cuentas en las calles, no a los líderes religiosos. Pedirle a un pastor que solucione la seguridad pública es tan absurdo como pedirle al mecánico que le cure una enfermedad del corazón. Cada quien en su rol. El trabajo de la iglesia es cuidar el alma y dar consuelo; el trabajo del Estado es someter a los criminales y garantizar el orden.

Dejemos la hipocresía de creer que caminar un par de kilómetros nos convierte en ciudadanos ejemplares que están cambiando el país. Las marchas por la paz solo sirven para dos cosas: para que la gente regrese a su casa con la falsa tranquilidad de que “hizo algo” por Honduras, y para que los pastores se tomen fotos, laven su imagen pública y demuestren su capacidad de convocatoria ante los políticos de turno. Es un show que genera mucha emoción colectiva pero cero resultados en la tasa de homicidios. Al día siguiente de la caminata, la realidad sampedrana sigue intacta: los mismos negocios pagando extorsión, las mismas calles oscuras y los mismos delincuentes gobernando los barrios. Basta de romanticismo barato. San Pedro Sula no va a recuperar la paz marchando ni aplaudiendo discursos religiosos. Dejen de rogarle a los pastores que hagan el trabajo que le toca a la fuerza pública. Si quiere protestar, proteste frente a las jefaturas policiales y los juzgados exigiendo que encierren a los criminales. Exigirle al que no debe es el deporte favorito del sampedrano para evitar mirarse al espejo. Dejen de pedir marchas inútiles y exijan, con pantalones, que el Estado use la fuerza de la ley contra los que nos tienen viviendo encerrados.

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