Por: Rodolfo Dumas
“ Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” — ¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia? Con esas palabras, pronunciadas en el Senado romano en el año 63 a.C., Marco Tulio Cicerón denunció a Lucio Sergio Catilina, un político que conspiraba contra la República desde dentro del poder. Era una advertencia contra la corrupción, la mentira y el abuso de quienes, en nombre del Estado, lo ponían en peligro. Más de dos mil años después, la pregunta de Cicerón sigue resonando con fuerza, especialmente en Honduras. No necesitamos un Catilina para entender su sentido, basta con observar el comportamiento de buena parte de nuestra clase política en vísperas de las elecciones. Cada proceso electoral parece repetir el mismo libreto, solo que con nuevos protagonistas y una creatividad creciente para manipular las reglas, intimidar adversarios o intentar torcer la voluntad popular. Las trampas no siempre son ilegales, pero casi siempre son inmorales. Se maquillan como reformas, interpretaciones jurídicas o acciones judiciales, cuando en realidad son maniobras para sostener privilegios o asegurar impunidad. Las amenazas, las presiones a los organismos electorales, la manipulación de encuestas, la compra de conciencias, los “errores técnicos” y los pactos de último minuto forman parte de un teatro que, lejos de fortalecer la democracia, la desgasta. Cada institución parece puesta a prueba, y cada elección nos recuerda que la confianza ciudadana no se destruye con un golpe, sino con mil pequeños abusos que se acumulan hasta volverse insoportables. Y la improvisación continúa incluso en las tareas más simples. Estamos a pocos días de las elecciones y todavía se discute cómo se transportarán los materiales electorales. No es posible que un aspecto tan básico del proceso (logística, seguridad y distribución) permanezca sin decisión clara a estas alturas. Lo que debería ser un procedimiento preestablecido, probado y protocolizado termina convertido en una carrera de último minuto, llena de improvisaciones y contrataciones de emergencia. Esa falta de previsión no solo revela desorden institucional, sino que abre espacios para sospechas y vulnerabilidades que debieron haberse evitado desde el inicio. Pero el daño no se queda en el proceso electoral. Cada maniobra, cada trampa y cada abuso contribuye a una crisis de legitimidad que nos persigue elección tras elección. Un país no puede aspirar a gobernabilidad cuando gran parte de la población inicia el nuevo período dudando del resultado. Ningún gobierno, por muy capaz que sea, puede ejercer plenamente su mandato si nace bajo sospecha. Sin legitimidad, las políticas públicas se vuelven frágiles, las instituciones pierden autoridad y la sociedad se polariza aún más.
La inestabilidad electoral también tiene consecuencias económicas. La incertidumbre política ahuyenta inversiones, frena decisiones empresariales y eleva el riesgo país. Nadie quiere arriesgar capital en un entorno donde el resultado electoral puede derivar en impugnaciones interminables o crisis institucionales. Un sistema electoral confiable no es solo un requisito democrático; es una condición necesaria para el desarrollo económico.
El problema, entonces, no es solo de comportamiento, sino de estructura. Nuestro sistema electoral sigue siendo débil, vulnerable a la manipulación política y al control partidario. Si queremos evitar que este ciclo de abuso se repita, necesitamos una reforma electoral profunda, no cosmética. Una que incluya una segunda vuelta presidencial, para que el presidente elegido cuente con respaldo mayoritario; la elección de diputados por distritos, que acerque la representación al ciudadano; el fortalecimiento real del CNE y del TJE, con nombramientos por mérito; una regulación estricta y transparente del financiamiento político; y un sistema de impugnaciones ágil y técnico, capaz de resolver controversias sin interferencia partidaria. De poco sirve indignarse cada cuatro años si las reglas del juego siguen siendo las mismas. Honduras necesita un sistema electoral que premie el consenso y no la trampa, que fortalezca la legitimidad en lugar de erosionarla y que genere confianza no solo política, sino también económica. Por eso, en unos días, cuando entremos a la urna, vale la pena recordar la pregunta de Cicerón. El voto es el único momento en el que la ciudadanía puede responderle a quienes han abusado de su paciencia. No es un acto romántico ni ingenuo, sino un ejercicio de responsabilidad frente a quienes pretenden convertir la democracia en un juego de trampas e improvisaciones. Votar es la manera más clara de decir “hasta aquí”, de cerrar el paso a los Catilinas modernos y de exigir un país donde las reglas se respeten y donde la voluntad popular no se manipule, sino que se cumpla.




