Por Enrique Zaldivar

Lo que la ciudadanía dice, piensa, espera y desaprueba, muchas veces moldean el comportamiento electoral, condicionan estrategias de campañas y refuerzan dinámicas de cambio político que pueden resultar en tendencias con carácter irreversible.
Recientemente, hemos visto, a medida que se acerca el día de las elecciones, diferentes encuestas, algunas congruentes entre sí, que pareciera muestran una tendencia del electorado.
Las encuestas de intención de voto o de opinión pública ofrecen una “fotografía instantánea” del clima político, la mejor manera de leer el contexto es ver, el período en que se realizó, las edades y zonas en cuestión.
De igual forma, cuando la encuesta muestra un candidato líder o una tendencia definida, eso genera efectos de arrastre (“bandwagon”), donde algunos votantes se suman al aparente ganador o evitan quedar fuera.
Además, una encuesta negativa para un partido puede motivar la movilización de su base para “recuperar terreno”, o generar una corriente de desplazamiento hacia candidatos alternativos. Por eso mencionamos, es una radiografía del momento.
Ejemplos concretos en la región ilustran cómo esta dinámica opera. En los últimos quince años se observan al menos dos grandes tendencias: primero, un “voto de castigo” o rechazo al político tradicional; y segundo, un giro ideológico amplio (a veces hacia la izquierda, otras hacia la derecha) en distintos países.
El análisis realizado por el Real Instituto Elcano habla del llamado “anger vote” (Que traducido sería algo como voto de enojo, o de molestia) en América Latina: el voto que surge de la insatisfacción con los partidos tradicionales, la corrupción, la desigualdad y el estancamiento económico.
Más aún, encuestas en países como Bolivia muestran que un porcentaje creciente decidió su voto muy cerca del día de la elección — lo que refuerza la importancia de la percepción en el momento, y de la influencia que puede tener una encuesta que manipule expectativas en esos días finales.
Si es así, ¿Por qué entonces algunas tendencias se convierten en “irreversibles”, al menos en apariencia? En primer lugar, la acumulación de insatisfacción ciudadana configura un terreno fértil para que las encuestas reflejen más que preferencias: muestran una fractura en la relación entre ciudadanos y la política actual.
Cuando una mayoría considera que “los políticos no sirven”, “los partidos están agotados” o “mi voto apenas sirve”, ese pensamiento se expande, se autorrefuerza y pasa de ser coyuntural a estructural. En otras palabras, la encuesta no solo informa, sino que valida una voluntad: “esto es lo que piensa la gente”, y genera un momentum.
En segundo lugar, las campañas políticas modernas prestan atención casi obsesiva a esas encuestas, ajustan sus mensajes, sus medios y su movilización en función de ellas. Por ejemplo, si en un país una encuesta muestra que un candidato alternativo está subiendo rápidamente, ese candidato recibe más cobertura, atrae donaciones, moviliza simpatizantes, y la inercia lo hace crecer más.
En conclusión, más allá de tendencias o estadísticas irreversibles, cada una de estas encuestas va mostrando el descontento de la gente, o en quién va basando su esperanza. Sin embargo, esto nunca, nunca garantiza un resultado final.
Honduras debe salir a expresarse, a cuidar cada voto, a estar vigilantes y dispuestos, porque al final, siempre puede haber intenciones de manipular las voluntades. Honduras ha pasado este año en vilo, por este momento crucial. Pero los Hondureños queremos paz, orden y sobre todo respeto.
Dios nos conceda sabiduría, prudencia, pero sobre todo ánimo, para que ese día se exprese la verdadera encuesta, que refleje más allá de los dimes y diretes que nos tienen saturados ya de ello, pero que elijan el destino para el futuro de nuestra nación.



