miércoles, 31 mayo 2023
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EL UNICORNIO IDEOLÓGICO: La mejor plusvalía: la moral de los líderes

Siempre he sido reacio para entrarle a las obras enfocadas en demostrar que el tema del liderazgo es el factor fundamental para sacar adelante las sociedades, principalmente las que se encuentran sumidas en crisis de todo tipo. Siempre me pareció que los autores de los temas de superación personal, como Dale Carnegie y Og Mandino, se obsesionaban más con vender sus “Best Sellers” que en medir el impacto real de sus exhortaciones y vivencias personales en el espíritu de los individuos; pero me equivocaba.

Me afiancé a la idea de que esas guías de superación descritas en tantas obras aparecidas a granel durante los años 90 no resultaban tan aplicables a la cultura e idiosincrasia de los latinoamericanos, menos dados al orden y a la reverencia por los patrones de respeto y jerarquía, que los anglosajones, a los que se dirigían con especial interés, los escritos de aquellos buenos líderes espirituales.

Hombres de la talla de Stephen Covey (RIP), John Maxwell y Ken Blanchard, acompasando los nuevos y críticos tiempos, hicieron su estelar aparición para decirnos de manera tácita, que el liderazgo es la vía fundamental para sacar avante a cualquier organización, incluyendo a los gobiernos, cuya peculiaridad fundamental ha sido la corruptela y el deterioro moral de sus funcionarios.

Una enorme cantidad de presidentes, ministros, burócratas, empresarios, y dirigentes gremiales, ha dado al traste con el sistema social y la democracia, alterando la sagrada misión de atender al prójimo, que es el epicentro y la razón de ser de las instituciones públicas y privadas. Todo el bagaje moral con el que muchos de ellos fueron aleccionados amorosamente en el seno familiar, se fue al carajo una vez que se percataron de que el poder político y económico otorga las fruiciones más hedonistas, y que la honestidad exigía seguir un camino más tortuoso. Para evitar ese desmadre, hay que rehacer las misiones y las visiones de las organizaciones, para que no sean unos simples sambenitos sin sentido.

La acequia del deterioro moral de dirigentes políticos, magisteriales, empresariales, campesinos, obreros, deportivos y gremiales, que desgraciadamente conducen los destinos de las instituciones carcomidas por la corrupción moral, se ha resumido en un cenagal pestífero que hoy en día arrastra hasta las sociedades más desarrolladas alrededor del mundo. Nunca como hoy, la necesidad de renovar el liderazgo moral se ha vuelto una necesidad histórica de primera magnitud. Ningún modelo económico, ni siquiera una de las propuestas políticas -ya sea de izquierdas o de derechas-, podrán sacar avante a nuestras sociedades, si no se pone énfasis en la selección moral de los que dirigen las instituciones públicas y privadas.

Los hombres y mujeres reencontrados, los ciudadanos renovados, los nacidos de nuevo, los que Blanchard, Covey, Carnegie y Maxwell apuestan para tomar las riendas de las instituciones, nunca, como en este siglo, deberán ser examinados de pies a cabeza para medir su estatura moral, antes de conducir a los grupos. Los tamices de la eticidad de los dirigentes y líderes resultan de suma importancia para alcanzar los objetivos trazados en la empresa, en la familia, o en cualquier organización. Los principios institucionales deberán estar escritos para ser machacados cotidianamente, de modo que puedan servir de inspiración y de guía, no solo en el seno de la organización, sino también fuera de ella.

Sin la altura moral que debe caracterizar a los líderes, no se puede entrar al juego de la política, a los vericuetos de los negocios, al pastoreo de los fieles, a la dirigencia gremial, o al tutelar armonioso de la familia. Los réditos de un buen liderazgo basado en principios éticos son la mejor plusvalía para cualquier sociedad que quiera salir adelante en la historia. No existe otra manera. Sin esos principios -escritos y machacados cotidianamente, repito-, seguiremos sumidos en el más abyecto de los pozos, en el atraso y en la decadencia.

 

 

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