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Honduras
domingo, julio 19, 2026

El resentimiento tribal

Por Héctor A. Martínez

En Honduras, en pleno auge de la Guerra Fría, se les llamaba “resentidos sociales” a los militantes de izquierdas que mostraban hostilidad permanente hacia el sistema político y la sociedad. El epíteto fue fabricado en aquella época para clasificar a tales individuos como inadaptados, envidiosos, dignos de todo desprecio.

Si bien el término ya no se utiliza con la frecuencia de antes, muchos políticos populistas –sobre todo los de izquierdas— siguen apostando por la vieja concepción marxista de la lucha de clases para reavivar el fuego del resentimiento y dividir a la sociedad en dos bloques opuestos: la burguesía versus el proletariado, junto a todas las categorías derivadas de esta dicotomía economicista.

No obstante, conviene distinguir el resentimiento individual –del que se valen los demagogos— y el descontento colectivo, que es el fundamento teórico del conflicto social. El primero es más psicológico y biográfico; es decir, el resentido no entiende que su falta de éxito podría deberse más a la carencia de competencias personales que a otra cosa.

El segundo es más sociológico, relacionado con las demandas incumplidas y las fallas de un modelo político-económico que imposibilita la movilidad social ascendente. Este es más real y más peligroso para cualquier sistema político.

Se manipula con astucia, las ganancias políticas resultan inimaginables. La estrategia consiste en canalizar los resentimientos dispersos, conduciéndolos hacia un mismo depósito de animadversión colectiva.

En el fondo de ese depósito suele aparecer un enemigo común, culpable del fracaso de grupos e individuos, a saber: empresarios, el imperialismo, etc. En Honduras, la polarización generada, principalmente por el partido en el poder, ha creado identidades rígidas entre los diferentes sectores.

Se trata de una labor finamente estructurada, propia de un tratado sobre la enemistad y el rencor elevados a su máxima expresión. Los efectos del desmembramiento social, aunque devastadores en todos los sentidos, han servido para generar identificación y pertenencia tribal. Ese es el mérito ideológico de la técnica.

Aunque la adherencia al partido es irracionalmente emotiva, el resultado ha sido un discurso uniforme, utilizado por toda la militancia como método de defensa-ataque y para darle sentido a la historia y a la vida individual.

Los símbolos y las consignas contestatarias, funcionan como fuente cognitiva para interpretar la discriminación y el relegamiento social. Quien haya leído a Erich Fromm y Gustave Le Bon, encontrará la coincidencia de que las masas necesitan creencias cargadas de emociones y una autoridad que interprete el destino de la sociedad.

Advertimos: la estandarización del pensamiento es el principio ideológico de cualquier sistema dictatorial. Recordemos “El pensamiento cautivo” de Czeslaw Milosz. De ahí que, cuando nos encontramos en las redes sociales frente a un grupo de adeptos al partido gobernante y cuestionamos sus dogmas, la primera reacción es la descalificación y el rechazo visceral.

La delimitación es clara y no negociable. Esa inquina bien trabajada, llega hasta el corazón de miles de agraviados que entienden que la sociedad, a través de los enemigos, ha sido injusta con ellos.

El líder, por su lado, sabe que ha logrado su objetivo. Sabe también que todo queda en manos de esa tribu marginal, que apuesta a que el partido y la historia finalmente le hará justicia.

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