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viernes, julio 12, 2024

El mundo es de apariencias

Vivimos en una época donde las apariencias no solo nos deslumbran, sino también que las aprobamos hasta hacerlas parte de nuestra existencia. Las hay de todo tipo, desde los artificiales estilos de vida saludables, hasta el dandismo de salón, que suelen proyectar personajes que destellan una simulada influencia popular, aunque la realidad sea otra.

Los sistemas mediáticos en red ayudan bastante a propalar este fenómeno típicamente posmoderno de las apariencias. Las publicaciones no requieren de filtros ni de agentes intermediarios para ser aceptadas ciegamente por los incautos, sin echar mano de la reflexión o de la duda escéptica. Debemos decirlo: algunos medios de comunicación también participan en el juego de esconder intencionadamente la verdad que permanece subterránea para la mayoría de los ciudadanos.

Un botón de muestra: el conflicto en Gaza ha dividido el mundo en dos facciones irreconciliables que no existían antes de aquel 7 de octubre del 2023: los pro-Israel y los pro-Palestina. Millones de personas han hecho de las redes sociales el palenque de su irracionalidad, sin tener la menor idea de qué es exactamente lo que defienden y atacan.

Pensemos en la mentira que se esconde detrás de la popularidad de gobernantes como Bukele. ¿Por qué la gente los defiende a capa y espada sin cuestionar el quebranto a la ley electoral o debatir sobre los pobres indicadores económicos que se han quedado rezagados? Ahí mismo, en El Salvador, Ignacio Ellacuría nos enseñó que la realidad se muestra en dos planos del saber: lo que aparece a simple vista y lo que se encuentra escondido, y que había que comenzar a desenterrar.

Las primeras impresiones de un hecho generan opiniones muy superficiales -típico de las redes sociales-, mientras el desentrañamiento de la verdad oculta requiere de un examen más reflexivo, más razonado. Y, precisamente, porque no somos dados a razonar, es que los manipuladores se aprovechan para imponer sus “ofertas” que todos terminamos aceptando como si se tratara de una verdad incuestionable.

Lo que damos por sentado de un fenómeno social, sin someterlo a estricto escrutinio, puede resultar peligroso para la sociedad. Las estadísticas son el arma preferida de los gobiernos para manipular la verdad u ocultarla. Un crecimiento sostenido de 7 % no necesariamente es sinónimo de riqueza y bienestar social, ni meter a la chirona a una población de maleantes es la fórmula perfecta para acabar con la delincuencia.

¿Por qué la gente no examina más a fondo lo que le venden en los medios? Alguien dijo: “porque adoramos lo simple, mientras lo complejo nos incomoda”. En “Los héroes”, Carlyle dice que se trata de una forma de paganismo; que adoramos a demasiados dioses -en este caso, la abundancia de ‘fake news’- que son los causantes de los espejismos, las confusiones y los errores humanos.

Las apariencias que se muestran en las redes sociales juegan un papel de primer orden. El caos propiciado confunde y genera una dispersión de opiniones promedio que nunca se juntarán para desentrañar la verdad detrás de los fenómenos, al mismo tiempo que divide, confronta y dificulta el consenso. No resulta nada desdeñable preguntarnos si estamos condenados a convivir con las apariencias, o necesitamos que Marx y Jesucristo regresen tomados de las manos. Entenderemos mejor, si razonamos un poquito.

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