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domingo, julio 19, 2026

Cuando la ley tiene dueño

Por: Rodrigo Amador

En Honduras, ya no sorprende que la justicia despierte justo en los momentos políticamente convenientes. No llega tarde: llega a conveniencia. No es casualidad que, a pocos meses de las elecciones, de repente aparezcan operativos, capturas y conferencias de prensa que parecieran más un espectáculo político que una verdadera rendición de cuentas. Lo preocupante no es solo el caso reciente en San Pedro Sula, sino la señal clara de que nuestra justicia es selectiva, calculada y profundamente manipulada y con un claro tufo a estrategia política más que a compromiso real con el país.

Como emprendedor, me duele verlo. Mientras a algunos los exhiben con toda la fuerza del aparato judicial, otros —con expedientes igual o más oscuros— caminan libres, blindados por pactos políticos o por el simple hecho de ser aliados del poder de turno. Esa es la verdadera tragedia: no estamos frente a un sistema que busca justicia, sino frente a un sistema que mide tiempos, colores y conveniencias. Quienes intentamos construir país desde el emprendimiento entendemos bien lo que significa un terreno desigual. Mientras vos tenés que pagar impuestos al día, lidiar con trámites imposibles y levantar tu negocio sin apoyo, otros se enriquecen con contratos inflados y terminan protegidos por el mismo sistema que debería sancionarlos. ¿Cómo competir en un país donde la ley no pesa igual para todos?

En los negocios, la primera regla es la confianza. Nadie invierte en un entorno donde no sabe si mañana cambiarán las reglas. Pero eso es exactamente lo que pasa cuando la justicia se usa con fines políticos: Porque si hoy manipulan la ley contra un adversario político, mañana pueden manipularla contra un empresario incómodo o contra cualquiera que se atreva a cuestionar. El emprendedor que vende en línea, el que abre una pequeña cafetería, o el que intenta escalar una startup, sabe perfectamente lo que implica jugar en un terreno desigual. A nosotros sí nos exigen pagar impuestos puntuales, enfrentar auditorías severas, soportar trámites interminables y cumplir cada requisito. No hay margen para “ajustes políticos”. Mientras tanto, hay quienes construyen fortunas enteras con contratos inflados, obras inconclusas o servicios fantasmas, y por años nadie los toca. Hasta que, mágicamente, cuando conviene, aparecen operativos espectaculares. Eso es justicia selectiva: no se aplica para proteger al pueblo, sino para proteger los intereses de quienes dominan el tablero político.

Como emprendedor, me pregunto: ¿cómo competir en un país donde las reglas no son iguales para todos? La corrupción no solo roba dinero del erario, también roba confianza. Roba la posibilidad de atraer inversión extranjera, de generar empleo estable, de innovar con seguridad jurídica. No se trata solo de un tema moral o político, es también un tema de negocios. La justicia selectiva ahuyenta inversión, encarece el crédito, limita la innovación y frena la competitividad. ¿Quién arriesgaría su capital en un lugar donde mañana puede ser víctima de una acusación fabricada o, por el contrario, ver a un competidor corrupto operar impunemente gracias a sus conexiones? La falta de imparcialidad genera un círculo vicioso: los honestos pagan más, los corruptos siguen ganando, y el país entero pierde oportunidades. Honduras podría estar aprovechando su talento, su ubicación estratégica, su energía emprendedora. Pero mientras la justicia sea un teatro al servicio de intereses temporales, ese potencial seguirá encadenado.

Y yo me niego a aceptar ese país como destino. Exijo —como ciudadano y como emprendedor— que se aplique la ley de manera pareja, que se investigue a todos, que se capture a todos, y que se condene a todos los que han saqueado lo que pertenece al pueblo. No pedimos favores ni privilegios. Los emprendedores lo único que exigimos es un sistema claro, coherente y predecible. Queremos reglas iguales para todos: que se investigue a todos, que se capture a todos, que se condene a todos los que han saqueado al país, sin importar el color político o la temporada electoral. La justicia no debe ser show ni cortina de humo. Debe ser un pilar que garantice confianza y seguridad, que respalde a quien innova, que proteja a quien arriesga su capital y genera empleo. Honduras necesita una justicia que actúe de forma consistente, no selectiva; imparcial, no manipulada.

La justicia debe ser ciega, no selectiva. Y mientras no lo sea, Honduras seguirá siendo un terreno hostil para quienes quieren emprender, invertir y crecer. Esa es la verdad cruda: en este país, el problema no es la falta de talento ni de oportunidades, es un sistema judicial que elige a quién perseguir y a quién proteger y a eso hay que enfrentarlo de frente, porque sin justicia real, no habrá desarrollo real.

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