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jueves, julio 18, 2024

CUADRANDO EL CÍRCULO: Nación masacrada

Otra vez las matanzas colectivas. Es la de nunca acabar. Aumentan en número y frecuencia y parecen no parar. Son incontenibles e indetenibles, como una hemorragia permanente que desangra y mata, sí, como resultado de una enfermedad vieja y mortal de un paciente agónico, país gangrenado, casi Estado fallido al cual aparentemente nadie puede ni quiere sanar, terruño en el que vivir es un milagro y morir masacrado se ha vuelto habitual.

En este casa dizque de todos, si, sí,  de los que nos quedamos, pero no de los que se fueron, tampoco de quienes se llevaron, y mucho menos de los muertos por la criminalidad, la delincuencia, la incompetencia y la indolencia de quienes deben protegernos y a cuidarnos.

Estoy seguro de que cuando Augusto C. Coello escribió:..“Serán muchos Honduras tus muertos, pero todos caerán con honor” (parte del coro del Himno Nacional), se refería a la mortandad de connacionales como resultado del deber en defensa de la patria frente a agresiones externas, nunca a carnicerías producto de afrentas entre hermanos paridos por la misma tierra.

Pasó con los foráneos, al otro lado del río Lempa, en 1969, cuando la agresión de El Salvador, en las escaramuzas de la mal llamada “Guerra de las 100 horas”  o “Guerra del fútbol” en la cual, al final del partido, nadie ganó, tampoco hubo empate y sí, ambos perdieron y el jueguito armado se saldó con más de tres mil muertos.

Antes, en 1957, ocurrió la llamada “Guerra de Mocorón”, en La Mosquitia, cuando Nicaragua le declaró la guerra a Honduras,  desconociendo el Laudo Arbitral del Rey Alfonso XIII de España del 23 de diciembre de 1906, sentencia dictada en Madrid en un juicio arbitral entre Honduras y Nicaragua para definir la línea fronteriza en el Caribe.

Fue esa una “guerra” de veintitrés días y un solo combate, con victoria hondureña y treinta y cinco soldados nicaragüenses invasores muertos; del lado hondureño murieron el sargento Longino Sánchez Díaz y el cabo Gregorio Hernández, y resultó herido el sargento José Ovidio Palacios.

Desde esos conflictos bélicos con vecinos no tan hermanos, otras guerras internas libra la patria en la que muchos más hondureños, demasiados, perecen a diario y siguen cayendo víctimas de la adicción a las drogas, la ambición insaciable y la voracidad por el lucro del negocio del narcotráfico en manos de carteles y estructuras criminales y sus alcahuetes.

Es por esas causas en las que se incluye el odio, la intolerancia, la venganza y una suerte de ajusticiamientos entre rivales y contrincantes irreconciliables o enemigos acérrimos, que ante la seguridad fallida para proteger vidas y bienes y la justicia fallida del “establecimiento”,  con más frecuencia y mayor sevicia  (crueldad excesiva) los hondureños continúan masacrados ante la permisividad de burócratas evidentemente inútiles para controlar y aun más incapaces para erradicar la delincuencia y la criminalidad.

Por ello no desvariaré aquí sobre ocurrentes propuestas o antojadizas soluciones a una problemática que nos aniquila a todos y que enluta a miles de personas, la mayoría desempleados, pobres, sin posibilidades ni estudios, es decir, exterminados por las calamidades y arrasados a diario por una ola de violencia que nos ahoga a todos, mientras la alta burocracia navega, se guarece, y protege con los chalecos antimuerte que les proveen los beneficios y privilegios exprimidos a una nación masacrada

Tampoco divagaré en esta columna cerebral sobre las cifras de muertos por las masacres, menos sobre sus autores materiales e intelectuales, y tampoco sobre los “vivos“ que por acción u omisión con su “laissez faire” (dejar hacer dejar pasar) consienten que este país de caníbales se enlute más.

Los muertos y sus dolientes son tantos que de nada sirve contarlos, y sumarlos solo es útil para las estadísticas, y a pesar de que son tantos, los números resultan inservibles para que los responsables o expertos conciban ideas, articulen estrategias y ejecuten programas que generen paz o al menos tranquilidad en una nación, en la que cualquier resabio o berrinche  provoca convulsión y caos.

Dos matanzas, las más recientes en Tegucigalpa y Comayagua, nos sitúan otra vez en la picota mundial, nos despiertan y recuerdan que vivimos hundidos en el abismo del crimen y su consecuente mortandad y luto derivado por la violencia que no es solo criminal.

También hay violencia en el burócrata infame que roba el presupuesto para escuelas y hospitales, y también hurta los salarios de maestros, médicos, enfermeras y medicinas, eso también mata.

Mata también el anárquico, caótico o los violentos que en aras de satisfacer su voracidad y ganas de hacer berrinche se toman calles afectando a los demás, y ocupan instituciones públicas por una plaza laboral o empujados para sacar a palos a un director o un ministro que no hace lo que ellos quieren.

Además masacra el coyote del mercado que gana mucho vendiendo menos, pero cobrando más al pobre que no tiene como pagar y menos para donde agarrar.

Más allá de las balas asesinas del sicario, delincuente o pandillero, aquí por cualquier cosa matamos y morimos todos y esa es la verdadera tragedia.

Así las cosas, es apenas un suspiro esperar las setenta y dos horas para que cumpliendo la orden de la comandante en jefa intenten resolver tan siquiera las dos últimas matanzas, ya que hemos esperado mucho que alguien solvente algo, o aunque sea con paliativos reduzca un poco, después de todo llevamos una vida sin que nadie nos resuelva nada.

Herbert Rivera C.
[email protected]

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