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sábado, julio 18, 2026

Cosas asombrosas y muy misteriosas

Por: Otto Martín Wolf

También hay soldados que caminaron kilómetros con heridas gravísimas, náufragos que sobrevivieron semanas alimentándose de lluvia y desesperación y pacientes que permanecieron conscientes durante operaciones dolorosísimas, experiencia que demuestra que la medicina ha avanzado muchísimo… pero no siempre en la dirección correcta.

En esos momentos aparece una criatura extraña escondida dentro de nosotros: el ser humano de emergencia.

Ese individuo misterioso no conoce el cansancio, no consulta traumatólogos y posee una opinión extremadamente negativa acerca de la muerte.

Mientras el ser humano normal necesita café, descanso y motivación psicológica para existir, el ser humano de emergencia atraviesa incendios, soporta fracturas y toma decisiones complejas perdiendo sangre a velocidades francamente industriales. Muchos sobrevivientes relatan además fenómenos curiosisimos.

Algunos aseguran haber sentido una calma absoluta. Otros describen una claridad mental extraordinaria. El cerebro, enfrentado al desastre, parece reorganizarse con una eficacia que jamás demuestra al momento de recordar dónde dejó las llaves.

Y, curiosamente, casi ninguno de estos héroes se considera heroico.

Después de sobrevivir suelen declarar frases profundamente decepcionantes para la literatura universal: —“No sé… simplemente seguí.”

O: —“Supongo que cualquiera habría hecho lo mismo.”

Lo cual demuestra que el heroísmo auténtico carece casi siempre de talento narrativo.

Tal vez allí se encuentre el verdadero misterio.

No en fantasmas. No en platillos voladores. No en civilizaciones perdidas construidas por extraterrestres o arquitectos municipales particularmente optimistas.

El misterio verdadero es ese mecanismo oculto que despierta cuando todo parece perdido.

Algo parecido a Clark Kent convirtiéndose en Supermán, aunque en estos casos el cambio no incluye música heroica, ni una ondeante capa roja.

Esa fuerza silenciosa permanece dormida dentro de individuos comunes: panaderos, taxistas, oficinistas jubiladas, atletas y personas que normalmente protestan porque el café está muy caliente o —mucho más frecuentemente— porque está demasiado caro.

Tal vez el ser humano sea muchísimo más resistente de lo que imagina.

Y quizá la naturaleza, desconfiando prudentemente de la inteligencia cotidiana, decidió ocultarnos nuestras verdaderas capacidades para evitar consecuencias catastróficas. Porque si todos descubriéramos de golpe nuestra fuerza real, existiría un riesgo considerable de encontrar a los chicos malos llevándose vehículos ajenos sin necesidad de grúas y suegras derribando puertas a puño limpio.

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