por Irazema Ramos

“A tu edad yo ya tenía dos hijos”, “yo me independicé a los 20”, “antes no era así”. Esas frases tan frecuentes, nos recuerdan que la adultez ya no significa lo mismo para todas las generaciones. ¿Qué significa ser adulto hoy? para quienes crecieron en los años 60 – 80, la adultez llegaba rápido.
A los 18 se trabajaba, se pagaban cuentas, se formaba una familia. Hoy, sin embargo, es común encontrar a personas de entre 20 y 30 años que aún viven con sus padres, cambian de carrera o de pareja varias veces, evitan compromisos a largo plazo o simplemente no se identifican con la palabra “adulto”. ¿Están estancados? ¿Les falta madurez? No necesariamente.
El psicólogo Jeffrey Arnett acuñó hace más de dos décadas un concepto clave para entender este fenómeno: la adultez emergente. Según Arnett, entre los 18 y 29 años se abre una etapa intermedia entre la adolescencia y la adultez plena, marcada por la exploración, la inestabilidad y la búsqueda de identidad.
Un período donde no hay una línea recta ni un modelo único a seguir, sino más bien un estilo zigzag, que estamos conociendo. En esta generación hay menos matrimonios, menos hijos, pero más preguntas y cuestionamientos. Hoy la adultez ya no se define por tener pareja, hijos, casa propia o un trabajo fijo.
Ese “checklist” tradicional está en crisis. No porque la juventud actual sea menos capaz, sino porque las condiciones sociales, económicas y culturales cambiaron. Estudiar más años, enfrentar un mercado laboral precario, tener acceso a más opciones y más presión para “elegir bien”, hace que la transición a una vida adulta plena sea más lenta, más flexible, y sí: también más confusa.
Puede ser que las decisiones tempranas que la generación anterior tomo, no hayan sido por madurez, sino por tradiciones, por presión de sus padres o por falta de las opciones que esta juventud tiene hoy. Muchos jóvenes adultos sienten que están “en el medio”: ya no son adolescentes, pero tampoco encajan en la idea tradicional de adultez.
Y aunque eso puede generar ansiedad o frustración, también abre una posibilidad única: construir una adultez a su medida. Tenemos la responsabilidad de acompañarlos sin juzgar, y es aquí es donde entra el desafío de las generaciones anteriores. ¿Cómo pueden padres, madres, tutores, religiosos o docentes muchos nacidos en los años 60 y 80, acompañar a quienes hoy habitan esta adultez emergente, nacida en el siglo XXI? Analicemos juntos algunas ideas:
1. Dejar atrás el “checklist” tradicional: no todos los caminos incluyen casarse a los 25, tener hijos y comprar una casa a los 30.
El modelo de adultez ha cambiado. Es hora de dejar de medir el éxito con una lista de hitos que ya no se ajusta a esta época.
2. Escuchar sin comparar: La frase “a tu edad yo ya…” no ayuda. En cambio, preguntar con curiosidad sincera: “¿qué te gustaría construir?”, “¿qué te preocupa hoy?”, “¿qué te ilusiona?” puede abrir espacios más genuinos de conversación, sin la sensación de la lupa puesta, lista para ser juzgados.
La tentación de hacer la comparación, siempre estará ahí: “en mis tiempos ya trabajaba”, “yo a tu edad tenía tres hijos”, “antes la vida era otra cosa”. Y es cierto: la vida era otra cosa.
3. Validar el proceso, no solo el resultado: Estudiar una nueva carrera a los 27, cambiar de rumbo laboral a los 29, vivir con los padres sin sentirse fracasado: todo eso también es crecimiento.
A veces se necesita tiempo para encontrarse. Apoyar ese proceso es más valioso que exigir resultados rápidos. Cuando en consulta atiendo jóvenes, el nivel de ansiedad, el grado de frustración que experimentan es muy alto, al ser medidos cada día, por sus escasos resultados y por temor al porvenir, posponen cada uno de las decisiones que pueden tomar, según tiempo y forma.
4. Acompañar sin infantilizar: No se trata de tratarlos como adolescentes eternos. No prolonguemos nosotros esta situación, al darles todo lo que quizás nos faltó a nosotros, les hemos dado mucha dopamina representada en el placer, en video juegos, comida rápida, celulares de alta gama, tv, aire acondicionado en sus habitaciones, el internet, niñeras en casa, etc, sin que ellos colaboren en algo.
La adultez emergente también implica responsabilidades, decisiones, aprendizajes. En este articulo no quiero representar la idea de “pobrecitos” son unos “cachorros temerosos e indefensos”, Pero acompañar su proceso de madurez, no significa que tengamos que darles todo, sin que ellos tomen protagonismo de su vida.
5. Replantear qué es “madurar”: Ser adulto hoy no es cumplir con una lista. Es aprender a tomar decisiones conscientes, cuidar de uno mismo y de otros, construir vínculos sanos y encontrar propósito. Y eso puede tomar más tiempo que antes y está bien. Ser adulto hoy, no tiene por qué ser un destino con fecha de llegada, sino más bien un viaje, que se vive distinto según el contexto.
La adultez emergente no es una etapa perdida ni una extensión de la adolescencia, es una etapa con sentido propio, que refleja las transformaciones del mundo actual. Tal vez la pregunta ya no sea: “¿cuándo vas a madurar?”, sino: “¿cómo podemos acompañarte, que base necesitas para crecer por tu cuenta?”.
Acompañar la adultez emergente no es “esperar a que maduren”, sino ofrecer herramientas para que construyan su versión de adultez, con sentido, compromiso y libertad.
Si entendemos que la adultez ya no se define por un checklist, sino por una maduración más flexible, quizá dejemos de medir a las nuevas generaciones con reglas que ya no aplican.
Ser un adulto hoy, es construir un camino con tiempo, identidad y sentido. Y eso, aunque no esté en tu checklist, deberías agregarlo.
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