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sábado, julio 18, 2026

Celebrando 204 años de independencia

Por Mirna Isabel Rivera

El mes de la independencia patria es propicio para reflexionar de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde nos queremos dirigir como nación soberana.

Antes de que existiera la República de Honduras, esta región ya estaba habitada por pueblos ancestrales; basta con visitar Copán para admirar el impresionante legado de los mayas en arquitectura, escritura jeroglífica y avances en astronomía.

Para cuando los españoles llegaron, los mayas de Copán habían abandonado la gran ciudad hacia el siglo IX. En el siglo XVI aún existían pueblos mayas en Yucatán, Guatemala y Belice, y en el territorio sobrevivían poblaciones de origen maya como los chortís, aunque ya no había grandes ciudades mayas.

Los pueblos lencos estaban organizados y mantenían su cultura, lengua y tradiciones, al igual que los tolupanes, pech, misquitos y otros grupos. La economía se basaba en la agricultura (maíz, frijol, cacao) y el trueque como forma de intercambio.

Nuestros ancestros cultivaban una relación más armónica con el ecosistema, respetaban la naturaleza y se guiaban por un calendario agrícola.

El 30 de julio de 1502, Cristóbal Colón arribó a la isla de Guanaja, marcando el primer contacto entre los pueblos originarios y el mundo europeo.

Si lo nombráramos con la lógica del siglo XXI, quizá los titulares digitales dirían: “Oleada de inmigrantes indocumentados asalta la Isla de Guanaja” o “Extranjeros no autorizados siembran terror en Guanaja”.

Los más progresistas tal vez habrían escrito: “Extranjeros de origen desconocido claman por ayuda”. Más de 500 años han transcurrido desde aquel “encontronazo” de civilizaciones.

Entonces, ¿cómo se logró la independencia? Las élites criollas, descendientes de españoles nacidos en América, se inspiraron en las ideas de la Ilustración y en procesos como la independencia de los Estados Unidos (1776) y la Revolución Francesa (1789).

El debilitamiento del imperio español tras la invasión napoleónica de 1808 abrió la coyuntura para que las colonias se declararan libres. El 15 de septiembre de 1821, en la Ciudad de Guatemala, se proclamó el Acta de Independencia de Centroamérica.

El proceso fue relativamente pacífico y estuvo liderado por las élites criollas, cuyo interés principal era sustituir a la Corona española sin mejorar las condiciones de la mayoría de la población.

Los criollos querían controlar el comercio, la tierra y los cargos públicos que antes ocupaban los peninsulares, mientras la Iglesia Católica buscaba preservar sus propiedades e influencia política.

Sin embargo, esta independencia no significó soberanía inmediata: primero las provincias se anexaron al Imperio Mexicano de Iturbide (1822–1823), luego formaron la República Federal de Centroamérica (1824–1838), y solo entonces Honduras se constituyó como república independiente. ¿No les suena familiar esta situación? Después de 204 años de proclamar la independencia, seguimos sumidos en el atraso, con pequeñas islas de riqueza rodeadas de un mar de pobreza.

La vida democrática no inició con la independencia de manera lineal; hemos vivido golpes de Estado, dictaduras militares y alianzas perniciosas entre sectores privados y públicos que han derivado en saqueo y desigualdad.

Aunque tenemos elecciones presidenciales y legislativas cada cuatro años, se repite la lógica criolla: la clase política que llega al poder exhibe avaricia y falta de probidad administrativa. Los únicos que mejoran su calidad de vida son quienes ostentan el poder, debilitando el Estado de derecho.

El sistema tradicional para escoger a las autoridades ya no funciona. Honduras necesita una renovación del liderazgo político, castigar a corruptos y corruptores, y formar una ciudadanía más consciente y educada sobre la vida pública.

Lo primero es creer que sí se puede. Ejemplos como Costa Rica, Chile y Uruguay demuestran que es posible hacer las cosas mejor. Debemos atrevernos a alzar la voz y exigir cambios positivos para la población.

Y no se trata de ingenuidad: mientras el lobo gobierne a las ovejas, la manada nunca estará a salvo.

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