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domingo, julio 19, 2026

Cantar en un nuevo amanecer

Por Héctor A. Martínez

Buena parte del cine histórico y la música de buen gusto nos invitan a reflexionar profundamente sobre la condición humana. Stanley Kubrick decía que una película debería ser como la música, una progresión de ánimos y sentimientos.

Las películas que versan sobre la guerra y la tiranía nos recuerdan lo que el hombre es capaz de hacer contra sus semejantes. Como hemos visto a lo largo de la historia, los crímenes de lesa humanidad suelen justificarse en nombre de ideologías liberadoras y de falsos mesianismos.

No obstante el saldo de muerte y destrucción, siempre surge un acontecimiento que señala el fin de la crueldad y el martirio. Luego queda una especie de canto a la vida que anuncia el amanecer de un pueblo sufriente, librado de los vejámenes de los políticos genocidas.

En “La lista de Schindler”, de Steven Spielberg y en “El pianista”, de Roman Polanski, hay un momento final coincidente. En ambos filmes, que narran los horrores sufridos por el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial, nos encontramos con una escena que es un himno a la alegría y a la liberación.

En la primera, los sobrevivientes entonan “Yerushalaim Shel Zahav” mientras buscan un lugar donde encontrar pan y cobijo. También nos recuerda la salida de Egipto narrada en el Éxodo. En la segunda, Adrien Brody, interpretando a Wladyzlaw Spillman, ejecuta el “Nocturno en do sostenido menor Op. póstumo” de Federico Chopin, cuyo corazón está enterrado en la Iglesia de la Santa Cruz donde recibí la eucaristía en polaco, hace unos dos años.

Esas escenas finales, bañadas por la luz de la mañana primaveral, despiertan una especie de esperanza política para todos los pueblos del mundo. ¿Cuántos horrores, como los cometidos por los nazis y el comunismo, podrían evitarse si atajamos los intentos de políticos desalmados que, en nombre del progreso y la justicia, terminan desmontando la democracia y silenciando la voz de los ciudadanos? Hay dos himnos de naciones que sufrieron la opresión soviética y que se cuentan entre mis favoritos: el de Estonia y el de Chequia.

Sus letras no convocan a la guerra ni a la inmolación, sino a la vida. En el himno estonio, la metáfora del amanecer es clave. En la canción nacional checa, el agua, los prados y los bosques se expresan como reconocimiento de la nación que busca su lugar en el mundo. “¿Dónde está mi hogar?”, reza su apertura.

Eso me recuerda que, en las elecciones del 30 de noviembre pasado, la mayoría de los hondureños dimos al mundo una lección soberana al frenar las pretensiones del Gobierno de quedarse en el poder.

Creo, sin pecar de exageración, que todos deberíamos sentirnos como en las escenas finales de los filmes de Spielberg y Polanski, con la alegría de haber espantado un régimen que, de continuar en el poder, habría aumentado su intensidad autoritaria y dictatorial.

No está de más decir que, al igual que los checos, los estonios y los polacos del poscomunismo, los hondureños que amamos la democracia, también deberíamos entonar una canción de paz y libertad.

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