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domingo, mayo 19, 2024

Sin adaptación no sobrevivimos

Si un padre de familia ignora el desarrollo biológico y mental de sus hijos, desconociendo el papel crucial de la adaptación social en cada etapa de la vida, es un padre que condena a sus hijos al fracaso.

Lo mismo sucede cuando los líderes de una nación ignoran el efecto de los cambios que se suscitan en el mundo; que retardan la aplicación de los ajustes institucionales, por comodidad o ignorancia, arrastrando a sus sociedades al descalabro económico, al rezago democrático y al fracaso educativo. En suma, la sociedad deviene en desgracia y cae irremediablemente en aquellas clasificaciones globales -los famosos “ranking”- que exhiben a las naciones con las peores capacidades para ajustarse a las ineludibles crisis mundiales.

En países atrasados, los líderes de la sociedad suelen apartar la vista de los nubarrones que se ciernen sobre los cielos de la historia, postergando las precauciones para el momento de la llegada de las tormentas. Pues bien, nuestros líderes -políticos, empresariales y de la sociedad civil- se empecinan en imitar al sujeto despreocupado de los cambios atmosféricos; ignorando lo que ya está entre nosotros y lo que se aproxima en lo sucesivo; desatienden, por perversidad o ignorancia, los efectos de la desidia institucional. La comodidad es lo opuesto a la previsión.

¿Quién de nosotros previó el torrente de migrantes que se produciría frente a las crisis económicas, la delincuencia y los bajos niveles educativos? ¿Quién habría sospechado la incapacidad del sistema público para ofrecer soluciones a las presiones por los servicios públicos? Nuestras respuestas no podrían ser peores: dedicarnos a lo político; a las luchas por el poder y a controlar las instituciones para que no se deslinden de los dictámenes del mandamás. Mientras eso ocurre, el mundo se transforma en cuestión de horas, de días y de meses. Y nosotros de brazos cruzados, viendo cuál será el candidato de ensueño, y qué trampas ponemos para evitar el ascenso de los opositores.

Si hubiésemos existido como república hace poco menos de un milenio, ¿cuánto tiempo habría pasado para ajustarnos a los efectos de inventos como la pólvora, la brújula o la imprenta?  Dejamos escapar las oportunidades en el esplendor de la globalización; nos conformamos con ver la llegada de la tecnología sin mover un dedo siquiera, embelesados mientras abrimos las compuertas a todo lo que nos parezca fácilmente redituable, provechoso, divertido, sensual y narcisista.  ¿A quién le importa si estamos retardados diez años en educación? Ahí está: tiempo completo en TikTok para los pobres de mente, y PSP para los más afortunados, mientras se fragmenta políticamente la sociedad, los estratos sociales se autoexcluyen geográfica y financieramente, y se privilegian pequeños grupos urbanos que se apoderan de la modernidad y el progreso. Dickens habría podido escribir no menos de diez cuentos sobre las desgracias de un modelo que no es tal, sino, un proseguir del curso de los acontecimientos que solemos ver desde el palco de la historia, mientras se resquebrajan los cimientos del anfiteatro donde se efectúa la comedia. O el drama, mejor dicho.

Insistimos: sin adaptación, no hay sobrevivencia, así que, ¿por qué negar a Darwin si el soporte teórico nunca fue tan cierto como hoy? Nos adaptamos o morimos. 

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