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sábado, marzo 2, 2024

Rubén Darío, la música que no cesa

Desde la escuela rural vienen sus ritmos. Desde aquel pequeño caserío desparramado por la montaña -auténtica selva con abras campesinas- llamado Marsella, pasando por Venecia, centro del distrito sancarleño donde crecí. Más tarde en Ciudad Quesada, donde terminé primaria y secundaria. Sí, desde que mi maestra (¿la niña Clarita?), me hiciera leer en clase y en voz alta A Margarita Debayle.

Margarita está linda la mar, 

y el viento, 

lleva esencia sutil de azahar; 

yo siento 

en el alma una alondra cantar; 

tu acento: 

Margarita, te voy a contar 

un cuento:

Y esa rítmica especial, cual suave oleaje marino, como el vaivén de los riachuelos en verano, o el viento sobre el pasto mientras arrulla arbustos, rosaledas y árboles, se nos quedó para siempre. Y nos acompaña ahora en nuestros trasiegos y rituales por/con/sobre las palabras, sus recovecos y sus variados puentes.

Entonces, en las mañanas de otoño y primavera o en las pálidas tardes, percibo ese polvo de oro y plata que cae desde la laboriosa cabeza de Rubén como lluvia perpetua. Ese ronroneo es la sonatina del tiempo como matriz de todo lo venidero. Es el anuncio del toro cual centauro en las praderas de una Centroamérica en guerra. Es el caracol de oro tocado por Europa con sus abanicos simbolistas o su pedrería parnasiana. Pero, caracol sonoro de los habitantes en nuestras playas.

Es el verbo hilvanado por el viento en forma de corazón y flama. Una forma que se persigue desde entonces sin que encuentre jamás su estilo. Suave densidad para saborear su sal y su vino, su miel y su ron, su fuego y su rocío. Es el diapasón de marfil profundo para el verso que canta y se rompe, va hacia el futuro, se regresa y se descompone. Pero siempre verso bravío, señero, verso con sentido e incógnito acento. Y el temor de haber sido… Y el espanto seguro… ¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!

Y las encrucijadas coloniales de nuestras tierras. El águila que acecha. Y los cachorros preparados para su defensa. Y el campesino que en el labrantío prepara la cosecha. Y el trabajador que en la urbe organiza la luz que nos libera. Y los niños que cantan alrededor de la hoguera. Y la mujer bella que escribe, pregunta y pregunta por el poeta. Y nuestros países divididos por la sombra fiera, pero con la esperanza de un solo puño y dos enormes alas para la aurora de larga espera.

Ha sido la ciclópea iniciación melódica con la grande orquesta que acompaña, marcha y se anuncia. ¡Ya viene, ya viene! Desde entonces el paisano inevitable nos habla y nos sigue como la barca del sueño o el cuello del gran cisne blanco que nos interroga. Con toda la corte de esa juventud que no tiene donde reclinar la cabeza. Nos sigue y se nos adelanta, siempre, siempre se nos adelanta, el príncipe guerrero de imágenes y ráfagas.

Porque su voz canta y deletrea las cascadas del fuego y la ardorosa pasión del agua en los espejos. Es el bardo del ensueño y del golpe duro como un Vallejo, el arco y la lira, las llaves del deseo, el cuerno y su reflejo que en el paisaje se detiene y al cosmos su onda eleva en busca de los signos precisos; porque toda forma es un gesto, una cifra, un enigma.

Acá está en el coloquio universal de los poetas. Se sienta a la mesa y brinda con quienes abrieron el azul con sus trompetas desde el alfa hasta el omega. Hace la salutación y se inquieta por lo que viene, por la amplia bocanada de luz que reivindica los nuevos cánticos: profeta que enfoca su mirada en la piedra y la convierte en miles de estrellas.

Su legado es la alquimia perpetua que brilla, encanta y maravilla en cualquier era. La catarata de gracia que fulgura. La savia humana en la fuente divina. La música apetecida, la sonata. La balada cósmica. La gran sinfonía por siempre anhelada y aprehendida.

¡Salud Poeta Cantor entre todos los cantores que serán y han sido!

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